Archivo por meses: Septiembre 2011

Economía para Dummies. Crédito, deuda y la moral del mercado

El “combustible” de la economía, desde la revolución comercial en la Edad Media,  siempre ha sido el crédito, tanto para las personas como para las empresas y los estados. Es decir una economía financiera al servicio de la creación o aportación de valor a todas las actividades relacionadas con la producción de bienes y servicios o para facilitar el consumo. Mientras la economía financiera esté perfectamente sincronizada con la economía productiva en mercados donde todos participan respetando las obligaciones que se derivan de la actividad económica, podríamos imaginar que nos encontramos con la imagen de un crecimiento económico armonioso en espiral donde se cumplen la máxima de que los mercados financieros son eficientes y éstos son favorables al crecimiento económico creando valor, tal como defiende la ortodoxia de los economistas neoliberales.

Sin embargo, las evidencias de la crisis actual nos muestran que la economía financiera actúa por su cuenta y su único leitmotiv es la especulación saltándose cualquier obligación que se deriva de la actividad económica. Durante estas dos últimas décadas, el crecimiento económico en los países desarrollados se ha basado en el crédito para un consumo desmesurado de productos y servicios y de forma creciente de todo por parte de todos acompañado de una serie de productos “innovadores” altamente especulativos basados en la deuda. Y el problema real al que nos enfrentamos es que hay un número elevado de personas, empresas y estados con unas deudas que no pueden pagar, y la demanda ya ha agotado su capacidad de endeudamiento afectando el crecimiento económico, tanto en los países desarrollados como, en el medio plazo, en los países emergentes cuyo crecimiento está subordinado a la demanda de los primeros.

La deuda se ha convertido en uno de los productos donde la “innovación” financiera para los operadores está a la orden del día, es cierto que “la crisis es un sueño hecho realidad para aquellos que quieren hacer dinero” tal como reconoce públicamente Alessio Rastani, un supuesto agente de bolsa independiente, en una reciente entrevista en la BBC donde, según él, a la mayoría de los especuladores no les preocupa el futuro de la economía, porque es la gran oportunidad de que unos pocos ganen mucho dinero a costa de la ruina de la gran mayoría.

Las declaraciones de Rastani, han escandalizado a mucha gente “bienpensante”, hasta nuestra ministra en funciones, Elena Salgado, lo califica de inmoral. ¿Se ha caído del guindo, después de todos estos años “dialogando” con el mercado?

España pierde productividad por falta de inversión en las TIC

En 1991, España tenía un “stock” de inversión en las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), el 10% del PIB, superior a la media de la Unión Europea y de los Estados Unidos (en torno al 9%). Sin embargo, en estos últimos 20 años se ha producido una importante brecha derivada de las prioridades en la inversión en nuestra economía poniendo el énfasis en el “stock” del ladrillo y la especulación, tal como se ha ido poniendo en evidencia en estos últimos años, en detrimento de las TIC. En efecto, de acuerdo con el informe Capturing the ICT Dividend: Using technology to drive productivity and growth in the EU , elaborado por la consultora Oxford Economics, vinculada a la universidad de Oxford, en la primera década del siglo XXI la economía estadounidense realizó un acopio de capital tecnológico hasta alcanzar un stock de TIC del 30% del PIB, frente a una media del 23% de los principales países de la UE.  Sin embargo, España se quedó en algo más de un 16%, con un importante impacto en la disminución de la productividad del país.

En el informe se pone el énfasis en el impacto sobre la productividad que tiene el “stock” en inversión en TIC: entre 2000 y 2010, por ejemplo, el crecimiento anual de la productividad en EE.UU. se incrementó hasta casi un 2%, mientras que el de la UE se ralentizó hasta un 1% anual. Dentro de Europa, los dos países que más han invertido en TIC, Reino Unido y Suecia, han visto crecimientos de su productividad laboral del 1,7-2% anual en los últimos 15 años. Mientras que en España, uno de los países con menor “stock tecnológico”, como porcentaje del PIB, las mejoras en productividad laboral desde 1995 fue del 0,8% anual.

Stock de Inversión en TIC. En % del PIB

Asimismo, en el estudio se detalla el Total Factor Productivity (TFP) de las inversiones en TIC en algunos de los sectores económicos para los países de la Unión Europea. En el caso de España, el sector con mayor crecimiento en el TFP fue el sector financiero (más del 60%) seguido, de Alemania y Reino Unido a mucha distancia (32% y 25% respectivamente) mientras que en sectores como el comercio al mayor o los servicios para los procesos de negocio empresariales el TFP fue negativo (-12% y -9% respectivamente). En otras palabras, nuestro sector financiero realizó fuertes inversiones en TIC, mientras que el comercio y las empresas invirtieron muy poco con un impacto negativo en la productividad de sus procesos de negocios.

Empleo 2.0 en un mundo sin empleo

En general se utiliza el término Empleo 2.0 para referirse a las estrategias y tácticas personales para buscar empleo utilizando el potencial que suministra la Web y las redes sociales. Asimismo, para las empresas es una vía para difundir sus ofertas y, en algunos casos, identificar profesionales cuyo perfil potencialmente se ajusta a sus necesidades o, en los procesos de selección, poder obtener información adicional para profundizar en el perfil del candidato según su exposición en la Red. En otras palabras, es utilizar todo el potencial de la Red para poner en relación la demanda y la oferta de empleo (véase Empleabilidad en un mundo conectado).

Pero antes de hablar sobre Empleo 2.0, es importante una pequeña panorámica sobre la situación del empleo en nuestro país. Porque la crisis actual ha puesto en evidencia que, en el modelo económico dominante en los países desarrollados, cada vez es necesario menos factor trabajo en muchas actividades debido al factor tecnología (herramientas, procesos y métodos), es decir menos empleo.  Asimismo, uno de los efectos de la globalización es el desplazamiento de las actividades manufactureras con poco valor añadido hacia los países denominados emergentes por los bajos costes de la mano de obra y las laxas legislaciones laborales, quedando en los países desarrollados las actividades con mucho valor añadido que requiere un empleo cualificado, y todas aquellas actividades de poco valor añadido que no se pueden deslocalizar y que requiere un empleo de baja cualificación.  La paradoja, es que se forma mucha más personas para empleos cualificados que las que puede absorber el sistema económico dominante.

En países con una estructura económica deficitaria en sectores que aporten valor añadido a sus productos y servicios, el empleo cualificado se convierte en un rara avis, como es nuestro caso, y, por tanto, la demanda de este tipo de empleo por parte de las personas es inmensamente superior a la oferta disponible, con todos los efectos negativos que conlleva este desequilibrio en temas relacionados con el incremento del desempleo de las personas cualificadas, la perdida en derechos laborales,  la disminución de las retribuciones o el incremento del empleo precario. En otras palabras, mientras en nuestro país no se produzcan cambios importantes en la estructura económica, tendremos unas de las tasas de desempleo crónico más alta de la OCDE (La tasa de desempleo de España, del 21,2% en julio, es más del doble que la media de los países miembros, que se sitúa en el 8,2%), una de las tasas más alta en empleo precario (el único motor actual de la economía española es el turismo, un sector caracterizado por la temporalidad del empleo) y una escasa demanda de empleo cualificado en los sectores industriales o de servicios de valor añadido que no acaban de despegar.

En nuestro país, el sistema de la intermediación en la colocación se caracteriza por unos servicios públicos de empleo (SPEE) muy deficientes en su gestión (únicamente consigue cubrir el 2,9% de las contrataciones) si consideramos los importantes recursos económicos que se están dedicando a mantener una plantilla de orientadores y las subvenciones a empresas dedicadas a la formación de los desempleados (según la OCDE, un importante despilfarro de una parte de los recursos públicos).  Mientras que las Empresas de Trabajo Temporal (ETT) consiguen gestionar el 13,8% de las contrataciones.  En el caso de los más jóvenes, la ineficacia de los SPEE es más sangrante, únicamente logran cubrir el 1,8% de las contrataciones frente al 17% de las ETT.

Con estos datos, observamos que la principal vía para obtener un empleo sigue siendo la relación directa entre el candidato y el empleador (casi el 83% de toda la contratación) donde la intermediación informal, a través de la recomendación, es uno de los principales motores (contactos personales y familiares) para la empleabilidad, tanto para el empleo no cualificado como el cualificado.

El Empleo 2.0, en general, se sitúa en el segmento del empleo cualificado, y la cuestión que se plantea es, al margen de los portales  de empleo (donde se publican principalmente las ofertas y, en algunos la demanda), si realmente en el ecosistema de las redes sociales se está consolidando nuevas formas de intermediación que, basadas en las relaciones virtuales, faciliten de una forma significativa la obtención de un empleo en base a la creación de una reputación 2.0 por la aportación de contenidos o por una intensa actividad en busca de una amplia red de contactos virtuales.  Según algunos supuestos “expertos” que pululan por las redes sociales el Empleo 2.0 es el nuevo paradigma de la búsqueda de empleo, utilizando para arropar sus afirmaciones frases lapidarias que a pesar de estar vacías en su contenido, tienen una buena receptividad en diversos foros si consideramos su difusión viral. Veamos un par de ejemplos:

El verdadero empleo 2.0 es el que te encuentra a ti“. Una frase con gran éxito en las redes sociales. Algo que sería lo deseable si consideramos el potencial de los medios sociales. Pero al margen de algunos pocos casos donde una persona ha conseguido ampliar su empleabilidad por su presencia activa en la Red,  la realidad es otra y se resume en: para que te vayan a buscar para ofrecerte un empleo, se requiere disponer de una sólida reputación construida en tus relaciones profesionales anteriores o, como es habitual,  tener unos buenos padrinos que te puedan “enchufar”, el resto es pura retórica 2.0.

 “Para ser un experto, hay que ser experto en parecerlo“.  Una frase que considero interesante porque, aunque pueda parecer una boutade, sintetiza una parte de la nociva cultura dominante en nuestra Celtiberia show. La cultura que enfrenta el aparentar con el ser y que en algunos casos puede funcionar, pero como dice el refrán: “antes se pilla a un mentirosos que a un cojo”.  Seguir dicho consejo conduce al fracaso, porque los responsables de recursos humanos, hoy en día, buscan buenos profesionales con la experiencia y los conocimientos acordes con el puesto a desempeñar y disponen de los suficientes recursos para detectar la solidez de un candidato, sobre todo en un contexto donde éstos abundan. Es el debate entre el “aparentar-estar” y  el “ser-estar”, entre construir la “Marca Personal” y el desarrollar la “Personalidad” en la Red. (véase  crear la marca personal en las redes sociales).

Como decíamos al principio, el empleo cualificado, tanto por cuenta ajena, como en la opción de autoempleo, es un recurso escaso y hay que aprovechar todos los recursos existentes para buscarlo y optar en las mejores condiciones posibles.  Los medios sociales ya son una de las herramientas que nos puede ayudar en la empleabilidad, pero aplicando el sentido común para discernir: entre la información contrastada y consejos adecuados que nos pueden aportar otros profesionales activos en la Red, y el que nos aportan otras personas que se limitan a hilvanar, con cierta habilidad, una serie de consignas y frases hechas descontextualizadas que no aguantan el mínimo análisis de cualquier observador mínimamente informado.

 

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