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Un paseo por el infierno europeo

Inicio esta entrada con una adaptación del texto de un chiste sobre “el infierno alemán y el infierno español” que podemos encontrar por la Red con diversas variantes y que, en mi opinión, es una aproximación, en clave de humor,  a los momentos que vivimos a pesar de su aportación a los típicos tópicos de nuestra idiosincrasia:

Un hombre muere y va al infierno de la Unión Europea. Allí se encuentra con que hay un infierno para cada país miembro. Va primero al infierno alemán y pregunta:

– Qué te hacen aquí?

– Aquí primero te ponen en la parrilla eléctrica por una hora, luego te acuestan en una cama llena de clavos por otra hora, y el resto del día viene el diablo alemán y te da una somanta de latigazos. Al personaje no le gusta nada la perspectiva y se va a ver como funcionan los otros infiernos.

Tanto el inglés como el francés y el resto de los infiernos del norte de Europa hacen lo mismo que el alemán; entonces, ve que en el infierno español hay una fila llena de gente esperando entrar.  Intrigado pregunta al último de la fila:

– ¿Qué es lo que hacen aquí?

– Aquí te ponen en una parrilla eléctrica por una hora, luego en una cama llena de clavos por otra hora, y el resto del día viene el diablo español para darte una somanta de latigazos.

– Pero es exactamente igual a los otros infiernos, ¿porqué aquí hay tanta gente queriendo entrar?

– Porque la parrilla no funciona, han robado los clavos de la cama y el diablo llega… ficha… revisa los e-mails y se larga para su casa.

Hoy, con la prima de riesgo en los 550 puntos y el interés del bono a 10 años rozando el 7%,  la canciller federal alemana, Angela Merker,  en una comparecencia ante la Cámara baja del Parlamento (Bundestag), ha insistido en que las ayudas que solicitará España para la recapitalización de la banca conllevan “condiciones”.  Al mismo tiempo, ha justificado la necesidad de las ayudas por la “burbuja financiera” derivada de “una década irresponsable”. Al margen de no compartir muchos de los aspectos en las orientaciones de las políticas europeas de la canciller alemana, no le falta razón en su reproche: somos un país irresponsable, tanto políticamente como económicamente, donde la corrupción, el fraude y la especulación campan a sus anchas.

Me imagino que para una mentalidad luterana guiada por la austeridad y el rigor, es inconcebible el comportamiento frívolo e irresponsable de mentalidad “católica” de un país como el nuestro (un tema interesante tratado en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Weber), donde reina el conformismo y las “conciencias se lavan” con la penitencia de “tres avemarías y cinco padrenuestros” quedando uno libre de todo pecado. No debemos olvidar que en la Reforma Protestante liderada por Lutero, en el siglo XVI, uno de los motivos centrales fue el enfrentamiento con el papado de Roma por el tráfico de indulgencias (reducciones de las penas por el perdón de los pecados) a cambio de dinero.

Para muestra algunos botones. En Alemania, el pasado mes de febrero, tuvo que dimitir el Presidente de la República Federal, Christian Wulff, acusado de cohecho por recibir su esposa un ventajoso préstamo hipotecario de medio millón de euros y dejarse pagar las vacaciones por empresarios con los que mantiene una estrecha amistad. También,  hace algo más de un año tuvo que dimitir el Ministro de Defensa, Zu Guttenberg, por plagiar una parte de su tesis doctoral. Sin embargo, aquí,  la primera institución de nuestro Estado, la Casa Real está salpicada de dudosos casos (posiblemente ajustados a la legalidad pero discutibles desde un punto de vista ético) de regalos empresariales (yate pagado a escote por empresarios, viajes privados de caza, …) o de un entorno familiar implicado en fraude a la Administración, prevaricación, falsedad documental y malversación de caudales públicos, y aquí, todos jugando al despiste y el culto a la personalidad del bonachón Borbón. Sin olvidar el asunto de los viajes a Marbella del presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Dívar, con su barroca explicación de unas actividades donde se mezcla la actividad privada con la pública y  su negativa a dar explicaciones o dimitir.

Lamentablemente, el respeto y la confianza nos la tenemos que ganar cambiando muchas actitudes y aptitudes para que nuestra “parcela del infierno” sea equiparable a la del resto de los países más responsables.

 

Lo urgente y lo importante: la economía del conocimiento

La crisis general  del sistema financiero internacional, junto con la crisis  particular de nuestro propio sistema financiero (a estas alturas aún se desconoce su impacto real), hoy por hoy, es el problema que nos atenaza y hace tambalear nuestra economía, tanto por por la deuda acumulada, como por la falta de fluidez en el crédito. Reducir los déficits públicos y privados es lo urgente, sin embargo, lo importante es resolver el principal problema: la falta de perspectiva, a medio y largo plazo, sobre el desarrollo de un modelo económico que garantice la sostenibilidad, la competitividad y un nivel de vida digno al conjunto de la población (uno de los principios básicos en el planteamiento filosófico-moral del pensamiento económico de Adam Smith). Asimismo, no debemos olvidar que la crisis financiera actual, en cierta medida, es el humo de la gran hoguera de la crisis del modelo de producción capitalista, sobre todo en los países “desarrollados”, y la crisis de un modelo económico basado en un crecimiento infinito en un ecosistema cuyos recursos son finitos.

Con la caída del modelo basado en el hormigón y el ladrillo (las burbujas en infraestructuras y en viviendas) como motor determinante del crecimiento de nuestra economía en estos últimos años (con un impacto estimado según varias fuentes en más del 40%  del PIB sin contar con la economía sumergida), llevamos más de 4 años paralizados sin que el gobierno anterior y el actual planteen una hoja de ruta para la transformación de nuestro ecosistema económico. La crisis (en el ideograma chino: riesgo y oportunidad) debería servir para replantearse muchas cosas, sin embargo nuestros “gestores” políticos únicamente se limitan a tapar las grietas que van surgiendo por doquier, además de contribuir al desarrollo de una cierta dialéctica esperpéntica de eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre (con el coste mental que conlleva un ejercicio “intelectual” que no conduce a nada). Es cierto que estamos en una economía de libre mercado interrelacionada en un entorno cada vez más globalizado, pero estas circunstancias no justifican que los gobiernos eludan sus responsabilidades en la definición de políticas económicas y cambios estructurales a nivel local. Sobre todo en potenciar el conocimiento como motor económico para el cambio tecnológico y la innovación que plantean los retos del siglo XXI.

Potenciar las políticas públicas de inversión en educación y en I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación) hoy son determinantes para el futuro de un país a medio y largo plazo. Es desarrollar la economía del conocimiento, la cual se asienta en cuatro pilares fundamentales: un régimen económico e institucional que permita incentivar el uso eficiente de los conocimientos existentes y nuevos, y el florecimiento del espíritu emprendedor;  una población educada y capacitada para crear, compartir y aplicar los conocimientos; un sistema de innovación eficiente de las empresas, centros de investigación, universidades y otras organizaciones para aprovechar el creciente volumen de conocimiento global, asimilarlo y adaptarlo a las necesidades locales, y crear nuevas tecnologías; y, por último, las tecnología de información y comunicación para facilitar la creación efectiva, la difusión y el procesamiento de la información.

Sin embargo, en nuestro caso, seguimos con el paso cambiado y se opta por recortar directamente en los recursos, ya escasos,  de un  sistema educativo con uno de los niveles más elevados de fracaso escolar de la Unión Europea (26,5%) y esto, obviamente, conduce a que la tasa de paro juvenil sea también la más elevada (51%). En la agenda del gobierno (ni el gobierno central ni los gobiernos autonómicos) no está prevista la transformación de nuestro sistema educativo que permita afrontar los retos del siglo XXI.  En este punto decir que no hay que inventar nada nuevo, porque existen buenos referentes mundiales que se pueden ir adaptando para realizar los cambios y las transformaciones requeridas.  Posiblemente el modelo finlandés sea uno de los modelos a imitar por sus resultados.

Asimismo, son sangrantes los recortes en I+D+i, hoy su presupuesto es un 35% menos que en el ejercicio del año 2009, si consideramos que la apuesta por la investigación y la innovación son requerimientos básicos para superar un modelo productivo caducado. La investigación, el desarrollo y la innovación es la base sobre la que se construye la economía del conocimiento y, en nuestro caso, pasa por más inversión pública, y por la mejora de la eficiencia y la coordinación entre el sector público y el privado para garantizar las prioridades y la transferencia de la investigación básica al desarrollo en un tejido empresarial donde dominan las pequeñas y medianas empresas con escasos recursos propios para dichas actividades.

En otras palabras, con una población mal formada y con un I+D+i raquítico, difícilmente podremos desarrollar una economía basada en el conocimiento y en un modelo productivo con valor añadido que sea equilibrado, diversificado y sostenible. Centrados en lo urgente y sin abordar lo importante, aún tenemos que soportar que personajes de la “talla” de la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, cuya iniciativa más innovadora, conocida hasta el momento, ha sido encomendarse a la Virgen del Rocío para salir de la crisis y para la búsqueda del bienestar ciudadano. En fin, un caso tipo más de la eterna imagen de la España gris, meapilas y casposa que arrastramos y soportamos desde hace siglos.

La corrosión del carácter de la democracia española

Cuando, para el presidente del Gobierno, la petición de ayuda a Europa queda reducida al eufemismo de obtención de “una línea de crédito” para sanear el sistema financiero español, mientras para el resto del mundo es: rescate, bail out, sauvetage, salvataggio, rettung… Cuando, llevado por ese mal entendido “orgullo español” del hidalgo venido a menos, tan característico en nuestra historia, aún se permite la arrogancia de manifestar que, además, él ha impuesto las medidas y condiciones en el acuerdo: “el que ha presionado para conseguir esto he sido yo; nadie me ha presionado desde Europa” está elaborando un relato, un storytelling, en la más pura tradición valleinclana, donde la estética de los esperpentos se impone en un toma y daca de mentiras, trapicheos y eufemismos.

No es una actitud exclusiva del Sr. Rajoy o de su castiza “corte de los milagros” compuesta por los miembros de su partido y de su gobierno. Es la actitud  de unos gobiernos e instituciones que, cada vez más, se comportan como el departamento “Espectáculos” de los grandes sectores económicos-financieros. Es nuestra particular idiocracia, el gobierno de los idiotas. Es la gran decadencia, en el nivel político, de las personas que conforman el poder y muestran ignorancia, desinterés, conformismo, acomodo y engaño.

Nos decía el pasado sábado el Sr. De Guindos, ministro de Economía, que el préstamo de la Unión Europea no iba acompañada de medidas intervencionistas macroeconómicas, pues bien, literalmente nos estaba engañando, la “línea de crédito” específica para el sector bancario, implica más intereses (incremento del déficit) y más deuda pública, por lo tanto, con los grilletes (avalados por la Constitución) del cumplimento del déficit, queda abierta la puerta a nuevos recortes,  ajustes y subidas de impuestos (IVA, tasas, copagos…) . Se cumple la máxima de nuestro sistema económico: socializar perdidas, privatizar beneficios.

Son malos tiempos para nuestra imperfecta y joven democracia, porque se ha limitado a maquillar los aspectos puramente formales sin entrar en los aspectos sustanciales. Lamentablemente, los procedimientos y las reglas del juego que legitiman el origen del poder y racionalizan su ejercicio, se ajustan a las necesidades e intereses de los partidos y el poder económico ninguneando a la ciudadanía. Cada cuatro años tenemos la posibilidad de elegir la papeleta con una lista cerrada con unos políticos afiliados a un partido que decide quien es el que representará a los ciudadanos. El resultado: una clase política en bloques homogéneos y amorfos alineada con las directrices y los intereses partidistas sin posibilidad de disentir (el que se mueva no sale en la foto).

Cada cuatro años entregamos un cheque en blanco a la clase política. El programa de un “buen gobierno” con el que captan nuestros votos, las promesas que nos pueden ilusionar, se convierte en papel mojado en la noche electoral una vez conocido los resultados. A partir de ese momento, los ciudadanos son relegados a la condición de simples espectadores de las decisiones que vaya tomando los partidos en el poder, aunque estén en juego aspectos que puedan incidir directamente a nuestras vidas y las vidas de las futuras generaciones. En nombre del pragmatismo impuesto por la realidad del momento se toman grandes decisiones a golpe de decretos sin consultar a la ciudadanía llegando a modificar la Carta Magna. Ningunear a la ciudadanía corroe el carácter de la democracia. Una corrosión que se acelera cuando la corrupción, en sus diversas manifestaciones, salpica a la mayoría de las instituciones del Estado. Desde la Monarquía hasta el ente local más remoto, pasando por el Poder judicial. Es tan responsable el partido que ocupa la bancada azul como el principal partido de la oposición, el cual, tal como expresó Ortega y Gasset, “es un partido gubernamental, y, esté o no en el banco azul, un partido gubernamental es cogobernante, porque se halla siempre en potencia próxima de ponerse a gobernar.”

No me preocupa la crisis, la historia está llena de ejemplos de la capacidad de los pueblos en superarlas cuando la gran mayoría se ponen a trabajar, codo con codo, en busca del bien común.  Me preocupa la corrosión del carácter de nuestra  democracia. Me preocupa que la gran mayoría nuestros políticos siempre se apresuren a apagar las luces para que todos los gatos sean pardos. Me preocupa el servilismo de nuestros gobernantes con el poder económico-financiero. Me preocupa que la apatía y la resignación impere en una mayoría de los ciudadanos porque es el caldo de cultivo de aventuras autoritarias que arrasan con las libertades más básicas.

Sin embargo, me ilusiona ver que hay colectivos de personas, aún en minoría, que no se dejan atrapar por el “Espectáculo” y se indignan y rebelan pacíficamente contra la situación impuesta desde los intereses egoístas de los sectores dominantes y sus lacayos, porque estos colectivos son la base del antídoto contra la corrosión en una sociedad donde los individuos se centran en sí mismos y pierden los lazos cívicos con la comunidad a la que pertenecen.