Archivo por meses: Septiembre 2012

Medir el impacto económico de los sistemas de recomendación

Para el sector del turismo, igual que en otros sectores, el hecho de que un establecimiento tenga una buena puntuación en los sistemas de recomendación (sitios Web especializados donde se recogen las opiniones y valoraciones, tanto positivas como negativas, sobre un servicio, como Yelp o TripAdvisor entre otras) influye en la toma de decisiones de los usuarios y, por lo tanto, se puede deducir que los establecimientos mejor valorados tendrán una mayor demanda. La cuestión que se plantea es poder determinar como se traduce la expresión genérica “mayor demanda” en algo más cuantificable como “tasa potencial de crecimiento de la demanda”, la cual nos permitiría objetivar el impacto económico de dichos sistemas de recomendación.  La respuesta a dicha cuestión podemos encontrarla en el estudio, Learning from the Crowd: Regression Discontinuity Estimates of the Effects of an Online Review Database, que Michael Anderson y Jeremy Magruder, economistas de la Universidad de Berkeley (California), han publicado en la revista The Economic Journal.

Anderson y Magruder, han estado analizando y cruzando información de dos fuentes de datos independientes. Por un lado, las valoraciones de los restaurantes de la ciudad de San Francisco registrados en el portal de recomendaciones Yelp.com y, por otro lado, las reservas de restaurantes online registradas en un sitio Web de referencia,  la conclusión fue la siguiente: Una mejora de media estrella (en una escala de 1 a 5) en las valoraciones de Yelp afectan los flujos de clientes y la probabilidad de obtener más reservas en un restaurante en las horas punta. De acuerdo con los datos del estudio, en el caso de pasar de 3 a 3,5 estrellas, el flujo de clientes y la probabilidad de reservas se incrementan desde un 13% hasta un 34%, mientras que el pasar de 3,5 a 4 estrellas ésta se incrementa en un 19%.

Obviamente, la polémica está servida porque cualquier usuario de Internet puede aportar su valoración positiva o negativa y, por lo tanto, es proclive al fraude en los sistemas de recomendación si éstos no logran filtrarlas de forma adecuada. Los sitios de recomendación como Yelp o TripAdvisor han recibido varias críticas por la falta de exactitud de los comentarios y las valoraciones de los establecimientos. En los Estados Unidos, algunos establecimientos han colocado el cartel de “No Yelpers” en protesta por las valoraciones que consideran injustas. Asimismo, empiezan a proliferar “emprendedores” que ofertan paquetes de recomendaciones por unos miles de euros para sembrar la Red de comentarios y valoraciones positivas sobre el establecimiento contratante. Es fácil deducir que también exista alguna agencia, al servicio de la competencia, dedicada a hundir la reputación de un determinado establecimiento. Sin olvidar que en algún caso se llega a: “chantajear a los propietarios de un alojamiento a la hora de pagar la cuenta con que si no les hacen una rebaja o les invitan otro día, les pondrán comentarios negativos.

Según TripAdvisor, están dedicando recursos para filtrar la veracidad de las valoraciones, tanto positivas como negativas. Es importante para consolidar su modelo de negocio y convertirse en un referente. Personalmente creo que el sistema funciona a pesar del fraude que se denuncia. En mi caso, desde hace años, cada vez que organizo un viaje, mi selección de hoteles las realizo contrastando las valoraciones y comentarios en los sistemas de recomendación y, salvo algún caso aislado, todos se ajustaron a las expectativas (relación calidad y precio) que me generaron la lectura de las opiniones de los clientes que pasaron por allí. Eso sí, como usuario se requiere dedicarle un cierto tiempo filtrando e intentando sintetizar, de forma objetiva, las diferentes opiniones.

En resumen, del resultado del estudio, se puede deducir que los sistemas de recomendación pueden determinar que un establecimiento, en este caso un restaurante, tenga que cerrar o tenga que morir de éxito por no ser capaz de atender la demanda. Conocer la “tasa potencial de crecimiento de la demanda” generada por los sistemas de recomendación es un indicador que puede facilitar la gestión de un negocio. Así mismo, el modelo matemático de Anderson y Magruder es extensible, con los ajustes necesarios, a cualquier sistemas de recomendación de servicios y productos.

Las trampas de la teoría de la clase política de César Molinas

El artículo de César Molinas, Una teoría de la clase política española, publicado el domingo en El País y que rápidamente alcanzó una importante notoriedad en Twitter, tiene trampa. Me permito afirmar que mucha trampa, cuando analizamos a fondo su artículo sobre el comportamiento de lo que él domina “clase” política o “élites extractivas” y no nos dejamos deslumbrar por las supuestas “verdades del barquero” que afloran en una lectura en diagonal.

Su propuesta es “una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario”. Sus argumentos se centran en descalificar a los partidos políticos, sin matizaciones, y los hace únicos responsables de la decadencia actual de España. Nos dice que “los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”.  A primera vista, esta responsabilidad es evidente, pero no entra a fondo en el papel que juegan determinados partidos como cabeza visible de los grandes intereses económicos que controlan el país. Se limita a mencionar “una simbiosis de nuestra clase política con el ‘capitalismo castizo’, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado  cuando se refiere a los dos últimas burbujas.

Su principal argumento que sustenta toda su teoría es de concepto, y hay radica su trampa, cuando introduce la noción de “clase” que aplica a los partidos políticos como si éstos fuesen entidades autónomas de poder en confrontación con otras supuestas “clases”.  Molinas parece ignorar que los partidos políticos, aquí y en cualquier lugar, son estructuras de poder, junto a otros agentes económicos y sociales, que representan y están al servicio de los intereses de determinados sectores socioeconómicos (clase social). Por lo tanto, en su introducción, cuando se pregunta por qué ningún partido político tiene un diagnóstico coherente de lo que le está pasando, o por qué no tienen una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar al país de la crisis; la respuesta es fácil: los diferentes gobiernos del PP y del PSOE, con pequeñas diferencias y matices, siempre han estado al servicio de los grandes grupos económicos que han ido marcando la política económica del país. ¿Cómo pedirle a unos partidos que han facilitado la especulación y la acumulación de una inmensa deuda privada del sector financiero y de muchas de las grandes empresas que den explicaciones de la crisis o que tengan un plan para salir de ésta, cuando su tarea actual, por imperativo de los verdaderos poderes, es convertir dicha deuda en soberana y traspasarla al conjunto de los ciudadanos?

Así mismo, para enfatizar el carácter autónomo de nuestra “clase” política, en el apartado “La historia” de su artículo, nos intenta explicar que la partidocracia de nuestra democracia surgió por generación espontánea y su evolución configuró el actual modelo de representación democrática. Molina omite cualquier referencia al proceso de la Transición que, en cierta medida, fue controlado por las élites del poder económico y político de los evolucionistas del franquismo para garantizar que el paso de un sistema político dictatorial a un sistema político democrático representativo se realizase con el mínimo coste en las estructuras del poder existente. Sin olvidar que el PSOE y el sindicato UGT, un partido y un sindicato testimoniales durante la dictadura, fueron una creación artificial para contrarrestar la hegemonía del Partido Comunista de España y de CC.OO., el único partido de izquierda y el sindicato que contaban con una fuerza organizada y una sólida estructura que se habían ido consolidando durante el periodo de la dictadura y habían liderado la oposición al franquismo. No debemos olvidar que el PSOE de Felipe González fue financiado, fundamentalmente por la socialdemocracia alemana, sin descartar y en duda, a falta de evidencias, una importante “influencia” de los servicios secretos norteamericanos.  No es casualidad que 6 meses después de la Revolución de los Claveles de Portugal y dada la delicada salud de Franco, se celebrase el congreso de Suresnes con la renovación y el lanzamiento del PSOE.  Es decir, la afirmación de Molina de que la generación de políticos de la Transición “no tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo” es una falacia o una falta de conocimiento de la historia de la Transición, la cual, en algún momento, los historiadores la deberán revisar, y a lo mejor descubrimos que no fue tan modélica como nos la han contado hasta el momento. La realidad es que el bipartidismo actual se gestó en la Transición alrededor de dos fuerzas “centristas”, una que recogiera todo el espectro de la derecha hasta el centro y otra que recogiera todo el espectro de la izquierda hasta el centro.

Lo más curiosos es que la propuesta de Molinas no persigue acabar con el bipartidismo dominante, sino todo lo contrario lo refuerza. Plantea pasar de un sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos, a un sistema electoral mayoritario  con cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. ¿Es una mejora que introduce un poco de alegría y color en las estructuras grises de la partidocracia? La respuesta es afirmativo. Sin embargo, en mi opinión, no cambia lo esencial, es decir, que los candidatos de los partidos tendrán que pelear por cada circunscripción y necesitarán el soporte económico y logístico de las estructuras de sus respectivos partidos o de los poderes económicos locales y, obviamente, el que se “mueva” mucho seguirá sin salir en la foto

En resumen, Molinas propone una teoría que parte de unas premisas falsas, no aporta nada nuevo en el horizonte, porque su teoría elude cualquier aproximación a nuevas formas de representación política de los ciudadanos más allá de los ciclos electorales y, lo más interesante por su trasfondo, está alineada con la corriente de opinión centralizadora y de renovación de unos partidos con una orientación técnico-reformistas que, cada vez más, se está imponiendo en nuestro país.

 

¿Favorecen las redes sociales la intolerancia?

Las redes sociales están considerados como espacios de hipersocialización, para algunos socialización aumentada, ya que muchas personas estamos compartiendo una ingente cantidad de información que hasta poco se reservaba a círculos de relaciones personales más restrictivos: familia, amigos, colegas de trabajo, etcétera.  Así mismo, se puede observar algunos cambios de comportamiento comunicacional entre la realidad presencial y la realidad virtualizada: ser menos reservados cuando tecleamos que cuando hablamos de viva voz; ser más abiertos a entablar conversación con “extraños”; expresar posiciones políticas mucho más radicales; en determinados foros, una expresión de la sexualidad más allá de las pautas convencionales; etcétera. Es decir, nos encontramos con un “ensanchamiento” de actitudes que se expresan desde el anonimato de un alias o desde la propia identidad personal.

Sin embargo, podemos observar empíricamente que esta hipersocialización, no nos hace ser mucho más tolerantes que en nuestra realidad presencial. Aún más, me permitiría afirmar que aumenta el nivel de intolerancia. Pero antes de justificar esta afirmación creo que deberíamos aclarar qué es lo que se entiende por tolerancia.

Conceptualmente, tolerancia es la aceptación de la diversidad de opinión, social, étnica, sexual, cultural y religiosa. Esto se traduce en la capacidad de saber escuchar y aceptar a los demás, valorando las distintas formas de entender y posicionarse en la vida.  Obviamente, en un marco de respeto básico de los derechos humanos. En cierta medida, podríamos afirmar que, en las sociedades con una cultura democrática, la tolerancia ha ido ganando terreno; sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX. Ahora bien, el hecho de que la tolerancia gane terreno, no quiere decir que impregne de forma igual al conjunto de las personas. En unas, las menos, la tolerancia se incorpora en su acervo ideológico-cultural, en otras, las más, la tolerancia es simplemente un barniz para la convivencia social de acuerdo con las tendencias dominantes de lo que se considera políticamente y socialmente correcto en un momento determinado. Por cierto, un barniz que se diluye rápidamente en épocas de crisis con el consiguiente incremento de las actitudes intolerantes hacia determinados sectores de la población.

Por lo tanto, en nuestras sociedades cada vez más multiculturales y multiétnicas, convivir con personas diferentes requiere, para muchos, un esfuerzo de tolerancia: con los vecinos, en el trabajo o en nuestras múltiples relaciones sociales. Sin embargo, en las redes sociales no es tan necesario dicho esfuerzo porque la tendencia es reunirnos con aquellos que comparten nuestros criterios, creencias y preferencias y, en general, se suele tomar distancia de aquellos que no los comparten. Es decir, por una parte, en el contexto social virtualizado no estamos obligados a convivir con la diversidad y, por lo tanto, se supone que ganamos en “comodidad” en nuestras relaciones; y, por otra parte, rechazar o ignorar al otro es cuestión de un simple clic sin el coste de las tensiones personales que implicaría un rechazo en un contexto social real cara a cara.

En otras palabras, podríamos afirmar que, como tendencia, las redes sociales, a pesar de su potencial comunicacional y relacional, favorecen las comunidades endogámicas y acríticas. Así mismo, observamos que los discursos de odio, los linchamientos digitales y otras formas de violencia virtual se manifiestan con más virulencia que en la realidad social donde vivimos y convivimos.

¿Visión negativa de las redes sociales? No, simplemente una mirada crítica  de unos medios y la constatación de unos determinados comportamientos sociales que tienen su reflejo en la Red. Los aspectos positivos, que son muchos, se los dejamos a los evangelizadores y expertos con sus excelentes panerígicos sobre los medios sociales.