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Lampedusa, la banalización de la tragedia humana

La mirada de una niña

La mirada de una niña

Frente a la isla de Lampedusa, la barcaza con medio millar de personas estaba ardiendo, muchas de los inmigrantes tuvieron que arrojarse al mar y en el caos consiguiente la embarcación se escoró hundiéndose rápidamente. Mientras tanto, un par de docenas de barcos contemplaban el incendio y el posterior naufragio sin acudir a socorrer a las víctimas. Agentes de la Guardia Costera se dedicaban a hacer fotos y grabar videos mientras la gente se moría.

Toda esta gentuza (quiero ser suave en mi más profundo desprecio) que contemplaba la tragedia son cumplidores con la ley. Sí, la ley, la ley Bossi-Fini que penaliza la ayuda a los inmigrantes clandestinos. Toda esta gentuza, gente categorizada como normal, probos ciudadanos, padres ejemplares, gente de misa… estaban acatando la ley, no se apartaban un ápice de la norma establecida, al mismo tiempo que, delante de sus ojos, se desarrollaba un drama humano. Esto es, simple y llanamente, la banalización de la tragedia humana.

Vitor Fiorino, patrón de uno de los pesqueros que avistó la barcaza de inmigrantes, no lo dudó, pese a que sólo tenía capacidad para siete personas, consiguió rescatar a 47.  Cuando su barco estaba lleno de inmigrantes pidió a los agentes de Guardia Costera que los subiera a bordo del barco y la respuesta que obtuvo fue “que no era posible, que tenían que respetar el protocolo”. Fiorino, es ese tipo de persona que dignifica a la humanidad, que nos insufla esperanza en la condición humana, que antepone la solidaridad y los derechos humanos (en este caso el derecho más básico, el más elemental, como es el derecho a la vida) a las leyes injustas, leyes que van en contra de los principios básicos de la Declaración de los Derechos Humanos.

El viernes por la tarde, el primer ministro de Italia, anunciaba que todos los fallecidos en el naufragio recibirán la nacionalidad italiana. Al mismo tiempo, la fiscalía de Agrigento (Sicilia) acusaba a los adultos rescatados de un delito de inmigración clandestina, con la consiguiente multa y la expulsión del país. Hay que morir para alcanzar el sueño europeo. Lo más probable es que los supervivientes del naufragio acaben recibiendo algún trato especial por el impacto mundial de la noticia, aunque el interés será efímero, durará un par de telediarios. Acabarán como el resto de los más de mil que llegaron un día antes, hacinados en los inmundos barracones del centro de acogida de Lampedusa o en cualquier otro lugar.

Hoy, los ministros de Interior de la Unión Europea discutirán lo ocurrido frente a las costas de la isla italiana. Tendremos la consiguiente ración de lamentos y buenas palabras en la búsqueda de medidas para paliar las consecuencias “desagradables” de la represión de los flujos humanos migratorios: “Es necesario que todo cambie para que todo siga igual”, lo escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en Il Gattopardo. En estos momentos, siento vergüenza de ser europeo.

Ilustración: La tragedia de Lampedusa según Graziella Carvana, escolar de Lampedusa. Sin palabras.