El consumo colaborativo

Contexto y reto

En nuestro modelo de consumo domina la posesión de cosas –la propiedad- al margen de que nos siga prestando un servicio o que estemos optimizando su uso. Un modelo que podríamos denominar consumo propietario, que alimenta una espiral  consumista en constante crecimiento para mantener la estructura económica actual, como afirmó un banquero, uno debería renovar su automóvil cada 2 o 3 años para mantener engrasada la maquinaría. Obviamente, esta espiral consumista lleva a que muchas personas se endeuden para obtener más bienes y servicios y, como todos sabemos, el acto de endeudarse es el ser del sistema financiero porque su principal activo está formado por deudas que otras personas jurídicas o físicas tienen con él, sin embargo, en el momento que aparecen gigantescos agujeros en dichos activos por las “valoraciones tóxicas”, por ejemplo, especulación, hundimiento de los precios inmobiliarios, o la morosidad, es cuando se produce una crisis financiera y su efecto dominó en la mayoría de los sectores económicos.

La crisis actual ha tenido un efecto tsunami y el paisaje resultante no es nada alentador ya que nos encontramos con un sector financiero con los balances desequilibrados, con familias que acumulan grandes niveles de deuda fundamentalmente por la adquisición de inmuebles o con una merma importante de sus ingresos por la caída del empleo, con empresas vulnerables por su endeudamiento excesivo enfrentadas a las restricciones de las fuentes de crédito y a los impagos, y con el Estado cuyos presupuestos dependen de la marcha de la economía y el estado de su deuda está, en cierta medida, sustentada en el estímulo del consumo.  Un tsunami que ha evidenciado el hecho de que nos habíamos acostumbrado a vivir por encima de nuestras posibilidades  y apunta que,  a partir de ahora, toca asumir la cruda realidad y abordar profundas transformaciones, sobre todo, en la forma en la que consumimos.

Una alternativa sostenible

Todo apunta que esta transformación pasa por el impulso de un consumo más responsable y más sostenible que nos aporte gran valor a cada uno. Un consumo en el que se posea menos y se comparta más, es decir, un consumo colaborativo que gracias a La Red –Internet, redes sociales, comunidades entre iguales, etc.- permite ampliar el circulo social donde poder prestar, alquilar o dar bienes que siguen manteniendo su valor y, por lo tanto, lo importante no es la propiedad de dichos bienes sino el uso que hacemos de ellos.

En esta línea argumental, el reciente trabajo de Rachel Botsman y Rogers Roo, los autores de “What’s mine is yours.The rise of collaborative consumption” –Lo mío… es tuyo. El aumento del consumo colaborativo-, donde analizan y argumentan el fenómeno actual de un consumo más colaborativo e ilustran, con múltiples ejemplos, unas prácticas que están adquiriendo una dimensión que se podría calificar de movimiento y que tiene su reflejo en mercados globales como –eBay, Craigslist, o Loquo–  o en mercados de nicho con una amplia oferta en diversos sectores como los prestamos entre particulares  o las plataformas para compartir coches.

Según los autores del libro, nos encontramos con un movimiento cuyas formas están evolucionando rápidamente y creando nuevas dinámicas, una tendencia que podemos observar en el sector del automóvil donde hemos pasado de una oferta centrada en la venta de automóviles por los concesionarios a las iniciativas del coche compartido –Zipcar, StreetCar, GoGet, Avancar, Autolib…-, los viajes compartidos –Nuride, Zimride, o Goloco– y al alquiler de coches P2P entre particulares –DriveMyCar, GetAround, RelayRides o WhipCar-; o en el caso del sector financiero,  de una oferta de los bancos oficiales a los sistemas de prestamos entre los particulares –Zopa, Peepex…- y  a sistemas de monedas alternativas basados en el intercambio de servicios entre personas –Superfluid o Batercard-.

Las iniciativas empresariales alrededor de este consumo colaborativo son cada vez más numerosas en diversos ámbitos: el intercambio de –HomeExchange-, el alquiler o intercambio  de habitaciones o del “sofá” en casas de particulares  –Airbnb, Couchsurfing-, la plaza de parking  –ParkAtMyHouse-, el jardín –Urban Garden Share, Landshare), el alquiler de electrodoméstico  –Zilok-, productos culturales –Swap– , intercambio de ropa de los niños cuando ya no les vale –thredUP-, compartir competencias –Teach Street, Brooklyn Skill Share-, donar libros usados –Book Mooch-. Etcétera.

Muchas de estas iniciativas son réplicas de prácticas que algunas personas realizan en círculos reducidos o ámbitos locales como los rastros o los mercados de intercambio de cosas, el hecho diferencial es la capacidad de La Red para expandir estas iniciativas a una escala más global y las nuevas dinámicas que están creando las redes sociales. En otras palabras, La Red está ampliando el horizonte.

“El consumo colaborativo modifica la forma en que hacemos negocios y reinventa no sólo lo que consumimos, sino también la forma en que consumimos”, afirman Botsman y  Roo. En La Red están apareciendo nuevos mercados sobre la base de nuevas iniciativas: los sistemas que transforman productos en servicios –pagar por utilizar un producto sin tener que comprarlo-, los mercados de la redistribución –que organizan la redistribución de productos usados o comprados cuando ya no se utilizan más-, y los estilos de vida colaborativos –personas con intereses similares que se agrupan para compartir bienes, espacios, competencias, compras agrupadas o el desarrollo de espacios de cotrabajo (coworking)-. Iniciativas que se basan en la construcción de confianza a través de las redes sociales de usuarios que se da no sólo por las facilidades de las nuevas tecnologías, sino por un cambio en las dinámicas sociales, puesto que  “hace años, sería impensable que te atrevieras a intercambiar tus cosas con un extraño, del cual no conoces nada”.  Asimismo, se manifiesta una tendencia en la que las personas empiezan a dar más importancia a la experiencia o necesidad que puede satisfacer las cosas que el objeto en sí, “queremos la película, no el dispositivo reproductor, queremos la música no el CD”. Dejando a un lado los objetos que satisfacen las necesidades de los coleccionistas, una buena parte de las cosas que nos rodean y que ya nos han dado todo lo que podían dar de sí, pueden tener valor de uso para otras personas. ¿Cuántos millones de taladros están arrinconados después de haberlos utilizados para colgar unos cuantos cuadros?  Pensándolo bien, los agujeros en las paredes nos salieron por un ojo de la cara.

Es una tendencia

¿Moda o tendencia que se irá consolidando? es difícil de evaluar en estos momentos, por el momento, las iniciativas están surgiendo cada día en todo el mundo, en algunos países, como los Estados Unidos se van consolidando dichas iniciativas porque ya existía, previamente, una cultura más colaborativa y cooperativa basada en una economía altruista.   Asimismo, estamos observando que la filosofía “Open Source” se está extendiendo más allá del software libre o la Wikipedia, tal como analizamos hace más de un año en “Transformación: ¿Podemos construir un mundo mejor con la filosofía Open Source?”.  Todo apunta que el consumo colaborativo encaja mucho mejor en una economía sostenible que la economía propietaria y, en el contexto actual de crisis, es una oportunidad para desarrollar iniciativas de este tipo aunque las estrategias de los modelos de negocios no vayan a compartir la misma visión de la economía o de la sociedad.  Algunos modelos tienen una orientación claramente altruista o proponiendo modelos alternativos de sociedad y de cambio y otros, asentados en la ortodoxia del beneficio, buscan la máxima rentabilidad en las actividades de intermediación.

En mi opinión, creo que estamos en una tendencia que encajan con las tesis, expuestas hace una década, del sociólogo y economista Jeremy Rifkin en su trabajo “La era del acceso, la revolución de la nueva economía”: “cada vez tiene menos sentido tener, retener y acumular en una economía en la que el mismo cambio es la única constante” y, por tanto, es necesario un desplazamiento desde un régimen de propiedad de bienes hacia un régimen de acceso que se sustenta en garantizar el uso limitado y a corto plazo de los bienes que nos aportan valor en un determinado momento. Sin olvidar, que estas dinámicas colaborativas están encuadradas en un movimiento espontáneo de personas con una dimensión global que utilizan La Red para comunicarse, experimentar por sí mismas y obtener lo que necesitan pero no de las empresas, sino de otras personas –véase “El mundo Groundswell”, de Charlene Li y Josh Bernoff-.

PD: Si te interesa estar al tanto de cómo evoluciona esta tendencia en Shareable.net dispones de un excelente sitio Web.

6 pensamientos en “El consumo colaborativo

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  2. Pingback: ¿Tener, retener, acumular? « marcelab

  3. cesar e. guzman l.

    Me parece que tiene mucho futuro, pero pienso en como sería la aplicación en un nivel industrial real por ejemplo en un grupo de fabricantes afines o no y en un grupo de prestadores de servicios como el mantenimiento?

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