El troll o la excusa de un mundo 2.0 acrítico

En el vocabulario de Internet, el troll es el término comodín para calificar a cualquier persona que provoca a los usuarios o lectores, creando controversia de todo tipo.

No es nada nuevo en las relaciones y conversaciones humanas, siempre ha estado presente la persona cizañera, alguien que se dedica a crear discordia entre las personas, a desbaratar lo que toca creando zozobra y calumniando a todo lo que le rodea, sus herramientas: la mentira, las falsas historias o la tergiversación. Pero también siempre ha estado presente la persona crítica, alguien que cuestionaba las verdades absolutas a través de sus opiniones positivas o negativas basándose en la argumentación y el análisis, una acción que siempre implica juzgar, valorar o censurar. No debemos olvidar que el término crítica, del griego kritikós, significa “capaz de discernir”.

El problema, en mi opinión, es que en los medios sociales (la Web 2.0), cada vez más, se equipara la crítica con la cizaña con el fin de diluir la polémica sobre cualquier tema en las tranquilas aguas de la balsa del “buenrollismo”, equiparando cualquier opinión contraria, al margen de su argumentación, con una descalificación cizañera y zanjando cualquier posible polémica que podría ser enriquecedora con el calificativo de trollismo.

Para algunas personas en las redes sociales, la crítica incomoda y se tiende a evitar, porque es más cómodo recurrir al comodín del troll que intentar discernir entre la crítica o la descalificación gratuita. Al final, estas personas se convierten en meros transmisores de datos o anécdotas jocosas o ingeniosas y cuando alguien cuestiona algún dato o afirmación, lo cómodo por lo práctico es ignorarlo o arremeter contra él recurriendo al susodicho comodín.

No es difícil discernir entre la crítica y la descalificación gratuita. La crítica va acompañada de un argumento (implícito o explícito sobre una acción o tema, no sobre la persona) y siempre está contextualizado según el ámbito, mientras que la descalificación tiende, en general, a maltratar o menospreciar humillando a la persona, por eso abundan los insultos y, en bastantes casos, las expresiones homófobas y racistas.

Asimismo, podemos observar que en algunas medios sociales, sobre todo Twitter, se ha acrecentado el fenómeno del linchamiento colectivo, sobre todo dirigidos a usuarios que son personajes públicos.  Da la impresión de que hay un ejercito de “buenos” ciudadanos 2.0 agazapados esperando pillar a alguien en un renuncio o una apreciación banal para humillarlo públicamente con descalificaciones directas o con sarcasmos más o menos elaborados. Lo curioso es que algunos de los linchadores 2.0 son esos personajes acríticos “buenrrollistas” en el que aflora su lado “Sr. Hyde” en un disfrute colectivo para causar la desolación. Será la parte oscura de la condición humana potenciada por el medio. Nadie nace troll, pero todo el mundo puede convertirse en uno. No existe un perfil estándar, pero si una lógica simple: la opinión de un internauta no gusta, otro responde y por el efecto viral los Sres. Hydes despiertan en masa.

Difícil ejercicio el de la crítica y difícil ejercicio aceptarla y defender las posiciones propias.

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