La corrosión del carácter de la democracia española

Cuando, para el presidente del Gobierno, la petición de ayuda a Europa queda reducida al eufemismo de obtención de “una línea de crédito” para sanear el sistema financiero español, mientras para el resto del mundo es: rescate, bail out, sauvetage, salvataggio, rettung… Cuando, llevado por ese mal entendido “orgullo español” del hidalgo venido a menos, tan característico en nuestra historia, aún se permite la arrogancia de manifestar que, además, él ha impuesto las medidas y condiciones en el acuerdo: “el que ha presionado para conseguir esto he sido yo; nadie me ha presionado desde Europa” está elaborando un relato, un storytelling, en la más pura tradición valleinclana, donde la estética de los esperpentos se impone en un toma y daca de mentiras, trapicheos y eufemismos.

No es una actitud exclusiva del Sr. Rajoy o de su castiza “corte de los milagros” compuesta por los miembros de su partido y de su gobierno. Es la actitud  de unos gobiernos e instituciones que, cada vez más, se comportan como el departamento “Espectáculos” de los grandes sectores económicos-financieros. Es nuestra particular idiocracia, el gobierno de los idiotas. Es la gran decadencia, en el nivel político, de las personas que conforman el poder y muestran ignorancia, desinterés, conformismo, acomodo y engaño.

Nos decía el pasado sábado el Sr. De Guindos, ministro de Economía, que el préstamo de la Unión Europea no iba acompañada de medidas intervencionistas macroeconómicas, pues bien, literalmente nos estaba engañando, la “línea de crédito” específica para el sector bancario, implica más intereses (incremento del déficit) y más deuda pública, por lo tanto, con los grilletes (avalados por la Constitución) del cumplimento del déficit, queda abierta la puerta a nuevos recortes,  ajustes y subidas de impuestos (IVA, tasas, copagos…) . Se cumple la máxima de nuestro sistema económico: socializar perdidas, privatizar beneficios.

Son malos tiempos para nuestra imperfecta y joven democracia, porque se ha limitado a maquillar los aspectos puramente formales sin entrar en los aspectos sustanciales. Lamentablemente, los procedimientos y las reglas del juego que legitiman el origen del poder y racionalizan su ejercicio, se ajustan a las necesidades e intereses de los partidos y el poder económico ninguneando a la ciudadanía. Cada cuatro años tenemos la posibilidad de elegir la papeleta con una lista cerrada con unos políticos afiliados a un partido que decide quien es el que representará a los ciudadanos. El resultado: una clase política en bloques homogéneos y amorfos alineada con las directrices y los intereses partidistas sin posibilidad de disentir (el que se mueva no sale en la foto).

Cada cuatro años entregamos un cheque en blanco a la clase política. El programa de un “buen gobierno” con el que captan nuestros votos, las promesas que nos pueden ilusionar, se convierte en papel mojado en la noche electoral una vez conocido los resultados. A partir de ese momento, los ciudadanos son relegados a la condición de simples espectadores de las decisiones que vaya tomando los partidos en el poder, aunque estén en juego aspectos que puedan incidir directamente a nuestras vidas y las vidas de las futuras generaciones. En nombre del pragmatismo impuesto por la realidad del momento se toman grandes decisiones a golpe de decretos sin consultar a la ciudadanía llegando a modificar la Carta Magna. Ningunear a la ciudadanía corroe el carácter de la democracia. Una corrosión que se acelera cuando la corrupción, en sus diversas manifestaciones, salpica a la mayoría de las instituciones del Estado. Desde la Monarquía hasta el ente local más remoto, pasando por el Poder judicial. Es tan responsable el partido que ocupa la bancada azul como el principal partido de la oposición, el cual, tal como expresó Ortega y Gasset, “es un partido gubernamental, y, esté o no en el banco azul, un partido gubernamental es cogobernante, porque se halla siempre en potencia próxima de ponerse a gobernar.”

No me preocupa la crisis, la historia está llena de ejemplos de la capacidad de los pueblos en superarlas cuando la gran mayoría se ponen a trabajar, codo con codo, en busca del bien común.  Me preocupa la corrosión del carácter de nuestra  democracia. Me preocupa que la gran mayoría nuestros políticos siempre se apresuren a apagar las luces para que todos los gatos sean pardos. Me preocupa el servilismo de nuestros gobernantes con el poder económico-financiero. Me preocupa que la apatía y la resignación impere en una mayoría de los ciudadanos porque es el caldo de cultivo de aventuras autoritarias que arrasan con las libertades más básicas.

Sin embargo, me ilusiona ver que hay colectivos de personas, aún en minoría, que no se dejan atrapar por el “Espectáculo” y se indignan y rebelan pacíficamente contra la situación impuesta desde los intereses egoístas de los sectores dominantes y sus lacayos, porque estos colectivos son la base del antídoto contra la corrosión en una sociedad donde los individuos se centran en sí mismos y pierden los lazos cívicos con la comunidad a la que pertenecen.