La masa humana que convulsionó Cataluña y el Estado español

Hay un hecho que nadie podrá obviar aunque de lugar a lecturas contrapuestas de todo tipo, y es que la tarde de la Diada de Cataluña, del pasado 11 de septiembre, cientos y cientos de miles de ciudadanos se manifestaron en la ciudad de Barcelona detrás de una pancarta que reclamaba de forma unívoca “Catalunya, nou estat d’Europa”, inmersos en un océano de esteladas (la bandera que simboliza la independencia de Cataluña) y con un clamor insistente de “¡in, inde, independència!”.  Es decir, nos guste o no nos guste y al margen de cómo cada uno de los manifestantes interpretaba el concepto de independencia, se estaba reivindicando sin ninguna ambigüedad romper con la tutela de un Estado considerado centralista y de corte jacobino, sustentado en una corriente ideológica nacionalista (el españolismo) articulada en la “unidad de destino en lo universal” que no reconoce la realidad plurinacional que configura el Estado español.

Transcurridas varias semanas, podemos observar que dicha manifestación ha ido más allá de las “algarabías” o “quimeras”, de acuerdo con las calificaciones del Presidente del Gobierno y del Jefe del Estado, y están provocando una gran convulsión política en Cataluña, en el resto del Estado español y, en cierta medida, en la Unión Europea, despertando en los medios de comunicación internacionales un especial interés. En otras palabras, nos encontramos con un fenómeno de masas que está desbordando la política tradicional y, al mismo tiempo, está provocando una crisis institucional en el modelo de Estado que se desarrolló con el inicio de la Transición.

En este punto, la pregunta de rigor sería identificar las características del núcleo organizativo que ha propiciado este fenómeno de masas al margen de los aparatos partidos tradicionales. Posiblemente la respuesta la encontramos en el carácter representativo de una sociedad civil organizada en una plataforma, l’Assemblea Nacional Catalana (ANC), donde participan personas y organizaciones cívicas, profesionales y culturales, estructuradas, todas ellas, en asambleas territoriales y sectoriales, junto con la Asociación de Municipios por la Independencia; y de la amplitud de la declaración fundacional que la define como una plataforma abierta a todos los catalanes y catalanas, sea cual sea su origen y adscripción política o ideológica, y que tiene como objetivo, sin ninguna ambigüedad,  la independencia política de Cataluña mediante la constitución de un estado de derecho, democrático y social. Es decir, nos encontramos con una estructura representativa de la sociedad civil que va más allá, en sus planteamientos, de las estrategias y tácticas coyunturales de los partidos políticos. Posiblemente,  este carácter popular, unitario, plural y democrático de la plataforma es el que ha permitido que la convocatoria fuese masiva con un alto grado de convivencia y cohesión de la sociedad catalana.

Cualquier observador que estuvo presente el día 11 en las calles de Barcelona se encontró (véase las fotos) con cientos de miles de personas de todas las edades y condición socioeconómica con una presencia masiva de las clases medias, un sector social nada proclive a las algarabías y a las quimeras, pero históricamente clave para los cambios y transformaciones sociales. También señalar que, como fenómeno social, en la manifestación las diferencias entre los individuos se diluyeron en pos de la fuerza común: junto a los catalanes de “toda la vida”, por expresarlo de alguna manera, se encontraban los que se sienten catalanes aunque sigan vinculados emocionalmente y familiarmente con otros territorios del Estado por su origen. Para sorpresa de más de uno, en una manifestación por la independencia de Cataluña también se hablaba en castellano.

Asimismo, se debe señalar el carácter multitudinario de la concentración que se traduce, sin lugar a dudas,  en el poder de las masas y su capacidad de desencadenar procesos de cambios sociopolíticos. En efecto, la concentración superó el 15% (asumiendo la media entre las diferentes valoraciones) del total de la población de Cataluña. En términos de movilización social y concentración en el centro de una única ciudad, nos encontramos con un fenómeno sin precedentes históricos. Unos simples datos que muestran, aunque los contextos no sean comparables, el poder de las masas. En la plaza Tahrir del Cairo, las manifestaciones de la primavera árabe que hizo caer a Mubarak no superaron el 2% del total de la población egipcia; o en la marcha sobre Washington liderada por Martin Luther King no superó los 300.000 manifestantes y logró establecer un antes y un después en las reivindicaciones de los derechos civiles de la población afroamericana. Es decir, detrás de una minoría muy activa puede existir una mayoría menos activa que comparte y apoya las reivindicaciones de dicha minoría. Hoy por hoy, ese 15% de ciudadanos catalanes que ocuparon las calles con su presencia física se traduce, según últimas encuestas,  en que más del 50% de los catalanes hoy están por la independencia.

Algunos pueden pensar que es un fenómeno efímero dada la coyuntura de crisis económica y una vez superada ésta el movimiento por la independencia perderá su fuerza. Obviamente, la variable económica está presente, sin embargo, la concentración que hemos vivido es una manifestación más de un movimiento engranado con la historia de las reivindicaciones nacionales de Cataluña. No es algo efímero o coyuntural. Es un movimiento, que desde su origen tiene una meta lejana e invisible, pero que siempre ha estado vivo a pesar de largos periodos de represión e intento de anulación como el caso de la Dictadura franquista. Podríamos afirmar, en cierta medida, que es un movimiento paciente en la persecución de su meta a pesar de los altibajos que ha sufrido a lo largo de su historia. Hoy se puede decir que el movimiento está en uno de sus puntos más álgidos de las últimas décadas.

Transcurrido algo más de un mes, nadie podrá negar que dicha manifestación ha provocado un tsunami político. Sus consecuencias futuras son imprevisibles, porque su dinámica están acelerando la actual crisis institucional del Estado y, sin duda, están traspasando las fronteras del propio Estado español invadiendo el espacio de una Unión Europea en proceso de (re)construcción de la unidad federal de los Estados europeos en lo político, lo económico y lo social, pero que, a su vez, también está en crisis institucional por los efectos de la crisis económica. Ahora el debate es doble, por un lado, la crisis económica y, por otro lado, la crisis de un modelo de Estado autonómico con claras muestras de agotamiento.

Señalar que sería un error, sobre todo para los partidos catalanes, pensar que hoy la meta se reduce a la independencia. Las cuestiones sobre el modelo social y económico, la corrupción política y la salida de la crisis forman parte del debate y su traducción en propuestas políticas podrían ser determinantes.

Nos esperan tiempos convulsos en un contexto donde los grandes líderes políticos brillan por su ausencia. Por el momento, los partidos políticos están desbordados y, en muchos casos, desconcertados por el protagonismo del clamor de las calles que ha roto las clásicas estrategias de control y poder que los gobernantes y líderes políticos suelen utilizar para dirigir a las masas. Está por ver cómo la política, tanto los del ámbito catalán como los del ámbito estatal interpretan la nueva realidad y reelaboran sus estrategias de control y poder. En los próximos meses veremos si los partidos políticos manifiestan la suficiente amplitud de miras que vaya más allá de una confrontación del imaginario “España-Cataluña” o, en el peor de los casos, la búsqueda de la fractura social identitaria, algo inexistente actualmente en Cataluña, y, al mismo tiempo, cómo piensan afrontar los retos de la actual crisis económica y social.

Por el momento, el Partido Popular ha optado por las soflamas en pro de la unidad de lo “indivisible” acompañadas de continuas amenazas y posibles castigos mostrando un talante más acorde con las épocas más oscuras de nuestra historia, eso sí, blandiendo la Constitución como si ésta estuviese grabada en unas tablas de piedra.  El PSOE-PSC está sumido en la duda hamletiana en busca de un perfil propio, sobre todo el PSC, removiendo en el fondo de su baúl ideológico para recuperar su opción federalista, aunque ya esté apolillada por el transcurrir del tiempo. CiU desgastado por su política de recortes sociales y ajustes económicos, y sin programa de continuidad una vez cerrada la puerta de un hipotético pacto fiscal con el Estado, ha reaccionado rápido convocando elecciones anticipadas con el objetivo de iniciar una nueva etapa basada en el derecho a decidir aprovechando el liderazgo in pectore que está asumiendo Artur Mas en el nuevo contexto político. Mientras que el independentismo político afronta esta nueva etapa fragmentado en una constelación de siglas.

Sin embargo, que nadie se equivoque, esta vez no son los partidos políticos los que han establecido la hoja de ruta, ha sido la propia ciudadanía quien está marcando el paso. En las próximas semanas tendremos la ocasión de ver como los partidos traducen en propuestas la demanda de las calles y como la ciudadanía, democráticamente, les otorga su confianza para la nueva etapa política. Ya nada será igual.

 

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