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Las trampas de la teoría de la clase política de César Molinas

El artículo de César Molinas, Una teoría de la clase política española, publicado el domingo en El País y que rápidamente alcanzó una importante notoriedad en Twitter, tiene trampa. Me permito afirmar que mucha trampa, cuando analizamos a fondo su artículo sobre el comportamiento de lo que él domina “clase” política o “élites extractivas” y no nos dejamos deslumbrar por las supuestas “verdades del barquero” que afloran en una lectura en diagonal.

Su propuesta es “una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario”. Sus argumentos se centran en descalificar a los partidos políticos, sin matizaciones, y los hace únicos responsables de la decadencia actual de España. Nos dice que “los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”.  A primera vista, esta responsabilidad es evidente, pero no entra a fondo en el papel que juegan determinados partidos como cabeza visible de los grandes intereses económicos que controlan el país. Se limita a mencionar “una simbiosis de nuestra clase política con el ‘capitalismo castizo’, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado  cuando se refiere a los dos últimas burbujas.

Su principal argumento que sustenta toda su teoría es de concepto, y hay radica su trampa, cuando introduce la noción de “clase” que aplica a los partidos políticos como si éstos fuesen entidades autónomas de poder en confrontación con otras supuestas “clases”.  Molinas parece ignorar que los partidos políticos, aquí y en cualquier lugar, son estructuras de poder, junto a otros agentes económicos y sociales, que representan y están al servicio de los intereses de determinados sectores socioeconómicos (clase social). Por lo tanto, en su introducción, cuando se pregunta por qué ningún partido político tiene un diagnóstico coherente de lo que le está pasando, o por qué no tienen una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar al país de la crisis; la respuesta es fácil: los diferentes gobiernos del PP y del PSOE, con pequeñas diferencias y matices, siempre han estado al servicio de los grandes grupos económicos que han ido marcando la política económica del país. ¿Cómo pedirle a unos partidos que han facilitado la especulación y la acumulación de una inmensa deuda privada del sector financiero y de muchas de las grandes empresas que den explicaciones de la crisis o que tengan un plan para salir de ésta, cuando su tarea actual, por imperativo de los verdaderos poderes, es convertir dicha deuda en soberana y traspasarla al conjunto de los ciudadanos?

Así mismo, para enfatizar el carácter autónomo de nuestra “clase” política, en el apartado “La historia” de su artículo, nos intenta explicar que la partidocracia de nuestra democracia surgió por generación espontánea y su evolución configuró el actual modelo de representación democrática. Molina omite cualquier referencia al proceso de la Transición que, en cierta medida, fue controlado por las élites del poder económico y político de los evolucionistas del franquismo para garantizar que el paso de un sistema político dictatorial a un sistema político democrático representativo se realizase con el mínimo coste en las estructuras del poder existente. Sin olvidar que el PSOE y el sindicato UGT, un partido y un sindicato testimoniales durante la dictadura, fueron una creación artificial para contrarrestar la hegemonía del Partido Comunista de España y de CC.OO., el único partido de izquierda y el sindicato que contaban con una fuerza organizada y una sólida estructura que se habían ido consolidando durante el periodo de la dictadura y habían liderado la oposición al franquismo. No debemos olvidar que el PSOE de Felipe González fue financiado, fundamentalmente por la socialdemocracia alemana, sin descartar y en duda, a falta de evidencias, una importante “influencia” de los servicios secretos norteamericanos.  No es casualidad que 6 meses después de la Revolución de los Claveles de Portugal y dada la delicada salud de Franco, se celebrase el congreso de Suresnes con la renovación y el lanzamiento del PSOE.  Es decir, la afirmación de Molina de que la generación de políticos de la Transición “no tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo” es una falacia o una falta de conocimiento de la historia de la Transición, la cual, en algún momento, los historiadores la deberán revisar, y a lo mejor descubrimos que no fue tan modélica como nos la han contado hasta el momento. La realidad es que el bipartidismo actual se gestó en la Transición alrededor de dos fuerzas “centristas”, una que recogiera todo el espectro de la derecha hasta el centro y otra que recogiera todo el espectro de la izquierda hasta el centro.

Lo más curiosos es que la propuesta de Molinas no persigue acabar con el bipartidismo dominante, sino todo lo contrario lo refuerza. Plantea pasar de un sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos, a un sistema electoral mayoritario  con cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. ¿Es una mejora que introduce un poco de alegría y color en las estructuras grises de la partidocracia? La respuesta es afirmativo. Sin embargo, en mi opinión, no cambia lo esencial, es decir, que los candidatos de los partidos tendrán que pelear por cada circunscripción y necesitarán el soporte económico y logístico de las estructuras de sus respectivos partidos o de los poderes económicos locales y, obviamente, el que se “mueva” mucho seguirá sin salir en la foto

En resumen, Molinas propone una teoría que parte de unas premisas falsas, no aporta nada nuevo en el horizonte, porque su teoría elude cualquier aproximación a nuevas formas de representación política de los ciudadanos más allá de los ciclos electorales y, lo más interesante por su trasfondo, está alineada con la corriente de opinión centralizadora y de renovación de unos partidos con una orientación técnico-reformistas que, cada vez más, se está imponiendo en nuestro país.