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El coaching es como el colesterol. Existe el bueno y el malo

El sociólogo Gilles Lipovetsky en sus análisis sobre la globalización nos señalaba la gran mutación que se está produciendo entre “una cultura que ordenaba la vida con claridad, lo que daba sentido a la existencia encuadrándola en un conjunto de divinidades, de reglas y valores, de sistemas simbólicos”, y “la cultura-mundo que funciona al revés de esta lógica inmemorial, pues no cesa de desorganizar nuestro estar-en-el-mundo, las conciencias y las existencias”.

Es decir, estamos inmersos en un proceso de cambio dejando atrás  la cultura que ha dominado nuestra existencia en el mundo desarrollado, durante una parte del siglo XX, con una hoja de ruta preestablecida para nuestras vidas, donde la seguridad, en muchos aspectos de nuestras vidas, estaba garantizada siempre y cuando se aceptase el universo disciplinario de las normas y reglas de la mayoría. Ahora, vemos como los ingredientes que daban sentido a la dicha cultura están en crisis, desestabilizados, faltos de coordenadas estructuradas. Como nos dice Lipovetsky: Iglesia, familia, ideologías, política, relaciones entre los sexos, consumo, arte, educación; ya no hay ni un solo dominio que escape al proceso de desterritorialización y desorientación.

En otras palabras, estamos en el tránsito de un modelo paternalista a un modelo individualista que nos deja, en cierta medida, a cada uno como un naufrago en su isla personal a imagen y semejanza de Robinson Crusoe.  No es nada nuevo, el proceso de mutación ya empezó hace más de 40 años, y el dilema al que nos enfrentamos actualmente como individuos es ¿quién ser? y no el ¿qué hacer?.

Estos nuevos interrogantes, como en cualquier época de la historia de la humanidad, engendra la necesidad de “expertos-guía” capaces de guiarnos en nuestra búsqueda para ser uno mismo, para tener éxito en la vida, tanto en nuestras actividades profesionales como en las relaciones personales.  Esta necesidad de expertos-guía es el caldo de cultivo para alimentar a toda una fauna de oportunistas, charlatanes y  presuntos evangelizadores que con lenguaje sencillo lleno de frases hechas y sentencias vacías, que valen tanto para un roto como para un descosido, se presentan como “artesanos” de un saber hacer  y de un saber ser cuya manipulación puede hacer pensar a más de uno que se van a producir milagros en su vida, sobre todo en los desorientados en una época de crisis y grandes cambios. Dentro de expertos-guía de todo tipo, tenemos a los coachs, los cuales están proliferando de forma significativa en nuestra sociedad. Por ejemplo, en la red social profesional LinkedIn de los 135 millones de usuarios registrados,  un millón de ellos se declaran profesionales coach o con formación en coaching.  Demasiados comensales para tan poco pastel.

No soy experto en coaching, únicamente me considero una persona informada que intenta discernir entre el discurso del verdadero profesional y el charlatán. Al margen de que tengo mis reticencias sobre algunos aspectos de sus métodos por las creencias y preconceptos que alimenta un punto de vista propio y particular sobre la realidad,  implícitos en sus planteamientos (tema para otra entrada en el blog), en este proceso de intentar discernir entre lo bueno y lo malo, observo que últimamente se esta incrementando la presencia de presuntos coachs en las redes sociales (autodenominados coach 2.0) que únicamente se limitan, de forma machacona y reiterada, a publicar citas y frases famosas de terceros, producto de la habilidad de copiar y pegar desde sitios como Wikiquote,  algo que podemos observar en los flujos de tuits en una red social como Twitter, o publican entradas en sus blogs con relatos llenos de verdades de Perogrullo, algunos de ellos con una retórica tan seductora como manipuladora en una supuesta evangelización  en la necesidad de “realizarnos” o “reinventarnos” y que, a pesar de la falta de solidez profesional que los avale, consiguen engatusar a más de uno.  Todos estos personajes son como el colesterol malo, el más abundante, el que obstruye los flujos de la información y el conocimiento, a diferencia de los verdaderos profesionales, los menos,  que, como el colesterol bueno, contrarrestan el malo facilitando un mejor flujo de información y conocimiento.

El filosofo Kant estableció el imperativo “TO BE IS TO DO”,  Nietzsche le dio la vuelta al pensamiento kantiano con “ TO DO IS TO BE”  y Sinatra tarareó con su voz seductora: “DO BE DO BE DO”…  siempre podemos jugar con las citas y frases hechas para tranquilizar a los varados en sus islas personales en una sociedad hiperindividualizada.

La cita de Lipovetsky la podrás encontrar en: El Occidente globalizado. Un debate sobre la cultura planetaria.