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El debate en la mediocridad intelectual de los medios sociales

En un mundo donde la información y el conocimiento se expande de forma exponencial, a priori, nos llevaría a pensar que el debate intelectual también se debería incrementar, tanto en términos cualitativos como cuantitativos. Sin embargo, en los medios sociales de nuestro país, sean blogs o redes sociales, el debate que domina, salvo honrosas excepciones, se fundamenta en la banalización de los argumentos, en la opinión binaria (me gusta o no me gusta) y, sobre todo, el seguidismo acrítico, consciente o inconsciente, por meros intereses espurios: yo no te critico, tú no me criticas y así crecemos los dos en reputación 2.0. Es el modelo win-win en la construcción del pensamiento, es la consolidación del “buenrollismo” como hilo conductor de las relaciones sociales. Es el peloteo descarado, sin pudor, como fundamento de la extensión de la red de contactos (networking) ¡Cuánto daño está haciendo el dos puntocerismo como sustento del pensamiento líquido!

En este punto señalar que la clave de cualquier debate intelectual es la crítica, sean sobre los discursos y los argumentos que los apoyan (el contenido) o sea por el cuestionamiento de los valores considerados como absolutos. Nos referimos a la crítica en mayúsculas, es decir, a la capacidad de discernir la verdad evidenciando, previamente, la falacia o el error.

No debemos olvidar que el pensamiento occidental se ha desarrollado y evolucionado gracias a la crítica. Desde los filósofos presocráticos, hasta la filosofía alemana del siglo XIX. Sin olvidar la crítica como elemento de validación del rigor en trabajos de investigaciones en cualquier campo del conocimiento. En el pasado, el intelectual formaba parte de la una élite minoritaria del conocimiento porque tenía acceso a la información y a los circuitos de difusión, mientras que la gran mayoría de la población estaba excluida. Hoy, con las posibilidades de acceder a la información y al conocimiento, gracias a Internet, todos somos intelectuales en potencia (microintelectuales) porque podemos escribir artículos en blogs o aportar nuestra opinión y participar en tertulias y en debates en las redes sociales. Es decir, el colectivo de personas capaz de formar opinión se ha expandido de una forma jamás imaginada gracias a los medios sociales poniendo en crisis los grandes relatos, incontestables y solemnes en el pasado, al estar sometidos a la crítica más feroz.

Sin embargo, la sociedad española no destaca por su aprecio a la crítica intelectual, más bien inspira recelo y se refleja de forma significativa en los medios sociales que actúan como una lupa de la realidad (realidad aumentada). De cualquier forma nunca hemos andado sobrado de “crítica intelectual”, es uno de los grande déficits que hemos ido acumulando en nuestra historia. El pensamiento crítico requiere claridad, exactitud, precisión, evidencia y equidad y, por tanto, va mucho más allá de las primeras impresiones y opiniones particulares que inundan las redes sociales.

El ejercicio de la crítica es el gran constructor del conocimiento. No existe conocimiento sin crítica racional. Lamentablemente, lo que es una oportunidad en los medios sociales para crecer como individuos o como colectivo, en la mayoría de los casos, se percibe como ataque personal, envidia o difamación. Además, se suelen evadir de la crítica ignorándola o recurriendo al comodín del troll con el objetivo de descalificar al crítico. En la crítica se vuelven sordos, ciegos y mudos. Pocos son los que la asumen y, por tanto, rebaten o aceptan los argumentos del contrario. En la práctica, el ecosistema 2.0  es un páramo para ejercer la dialéctica o la dialógica, porque domina la mediocridad en el debate en dicho ecosistema donde, he aquí la paradoja, una de sus premisas es la conversación. A la mediocridad se le suma la soberbia del ignorante que por tener alguna audiencia significativa aspira a marcar tendencia en algún determinado ámbito (charlatanes de nuevo cuño). Son personas que no rectifican, se refugian en la ironía fácil, los menos, o en el cinismo, los más, para eludir la argumentación. Porque rectificar para los ignorantes soberbios supondría dar por cierto que toda su estructura intelectual, basada en las apariencias, se sostiene en eso, en la mediocridad de su gran mentira arropada por las complicidades en un pensamiento líquido inconsistente y evanescente.