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Transformación. España necesita una cura de humildad

En una entrada anterior, apuntaba, desde mi punto de vista, un diagnóstico y los retos que nos plantea el pasar de la era industrial a una era post-industrial como marco de referencia de las grandes transformaciones con las que nos enfrentamos.

En esta entrada, realizando un acercamiento más cercano a la crisis de nuestro contexto económico y social, mi impresión es que deberíamos empezar por una cura de humildad y admitir que tenemos que rebajar nuestras expectativas y, como país, asumir que a partir de ahora seremos más pobres. Una conclusión que no están admitiendo públicamente ni los poderes políticos –gobierno y oposición- ni muchos de los agentes económicos-sociales, pero que las medidas que van planteando están en la vía de rebajar nuestras expectativas y devaluar nuestras economías particulares.

Es cierto que hemos tenido durante esta última década un importante crecimiento económico en términos porcentuales sobre el PIB. Pero la realidad de los datos nos muestra que nos encontramos con un crecimiento con los pies de barro que no ha conllevado un crecimiento de la productividad ni los cambios estructurales para consolidar una economía sostenible y acorde con los retos del siglo XXI. Aún más, el denominado “milagro español” se ha articulado, en parte, sobre tres elementos: el cemento-ladrillo, la especulación y la corrupción. En pleno auge del “crecimiento”, en el 2006, el número de billetes de 500 euros representó el 58 % del valor de los billetes y monedas puestos en circulación por el Banco de España, y hoy es un hecho que la circulación del famoso billete –el 80% de las operaciones- está asociado al dinero negro.

La realidad es que, colectivamente, hemos estado viviendo una orgía permanente de adoradores del becerro de oro. Durante estos años el dinero ha manado a borbotones alrededor del sector de la construcción y las grandes obras públicas, un dinero prestado a un interés inicial bajo –pero que podrá subir- que se tendrá que devolver algún día.

De la noche a la mañana, la gente se hipotecó por la compra de viviendas –mejor si adosados- cuyo valor nominal no paraba de crecer, en bastantes casos se firmaron hipotecas por un valor superior al 100% del precio del mercado para financiar  la compra otros bienes, por ejemplo, coches de alta cilindrada o 4×4 de la gama alta. En muchos casos, con cuotas mensuales que superaban el 50% de la renta familiar.

Desde los gobiernos locales, autonómicos y estatal se abordaron obras faraónicas con una baja incidencia en infraestructuras que mejorasen la productividad. Por ejemplo, después de China somos el país con más Km. de AVE del mundo, pero únicamente el 4% del tráfico de mercancías se realiza por tren –18% en la Unión Europea-, tenemos más Km. de tren de alta velocidad que Francia, pero el movimiento de viajeros es muy superior en Francia que en España. Otro ejemplo, tenemos dos las terminales más moderna de Europa la T4 –Madrid- o la T1 –Barcelona- pero AENA tiene una deuda que ronda o supera los 10.000 millones de euros.

Podríamos desgranar caso a caso cientos y cientos de desaguisados en inversiones y más inversiones con un retorno dudoso y sin un planteamiento en la mejora de la productividad del país. El resultado de esta orgía se resume en que España es el miembro de la Unión Europea en la que más ha crecido la deuda de las familias y las empresas, en porcentaje del PIB, en los últimos años. Además, es el tercero de los países más desarrollados de la eurozona con un mayor endeudamiento del sector privado (178% del PIB). Los bancos y cajas tienen en sus carteras por impagos 59.700 millones de euros –efecto ladrillo-, los Ayuntamientos deben 30.000 millones, etc… etc…

La realidad es que ha llegado a un tope de deuda -tanto pública como privada- que requerirá muchos sacrificios para poder saldarla. Y, hoy por hoy, nadie es capaz de ver soluciones a corto y medio plazo, porque la crisis es global y cada país está intentando tapar las vías de agua de su barco particular, la cuestión es si nuestro barco se llama Titanic. No es autoflagelación, es simplemente visualizar una realidad, reconocer los errores y reivindicar que los gestores del país tengan el coraje de afrontar las transformaciones necesarias.

Los retos como país son de gran calado y requerirán medias muy duras y muchas dosis de creatividad para transformar una realidad socio-económica. La primera y la más urgente, a corto plazo, es incrementar la productividad y aportar valor o desminuir los costes de producción. Incrementar la productividad implica importantes cambios estructurales de nuestra economía que van a requerir mucho tiempo y, por tanto, a los gestores de la “cosa” lo único que les queda es desminuir los costes de producción con una única opción: la deflación nominal de precios y salarios.

En otras palabras, nuestros emolumentos bajarán significativamente –la medida de bajar el 5% de los sueldos de los funcionarios, es simplemente un aperitivo-. Obviamente, siempre tenemos el escenario alternativo, aunque remoto por el momento, de salirnos del euro y devaluar nuestra moneda para recuperar competitividad como se ha ido haciendo en España a lo largo de la era democrática: Fuentes Quintana devaluó la peseta en un 28,5 % en 1978 o las tres devaluaciones consecutivas de Solchaga y Solbes para salir de la recesión de principios de los 90 que redujeron el valor de la peseta en un 20%.

Cómo la vía de la devaluación de la moneda no se contempla a corto plazo, la reforma laboral que está en ciernes irá encaminada a devaluar los salarios y los beneficios sociales. Ergo, nos toca ser más pobres.

Mientras tanto, tenemos un Gobierno desbordado por los acontecimientos que parecen los hermanos Marx en el Oeste ¡Más madera!!!, desmontando los vagones del tren para sacar la madera necesaria para mantener la locomotora en marcha y una alternativa, cuyas expectativas electorales crecen a medida que se va desmontando el tren, que reivindica el “milagro español” de 1996: ladrillo+especulación+corrupción.

Transformación. Diagnóstico y retos de la crisis

La crisis en la que estamos inmersos está evidenciando la descomposición económica, social, política y cultural del “orden sólido” que se fue asentando en la era industrial del siglo XX.

Hoy, en los inicios de la segunda década del siglo XXI, podemos observar que se ha consolidado el desplazamiento de la producción industrial desde el mundo occidental al oriental, desde el norte al sur, y los flujos financieros se han globalizado, porque ya no conocen fronteras ni patrias,  moviéndose con velocidades de vértigo a través del mundo.

En nuestro contexto socio-económico, el efecto más inmediato lo podemos observar en la crisis del empleo cuasi-asegurado durante toda la vida laboral de una persona, porque muchas de sus estructuras económicas están tocadas de muerte y, por tanto, el sosiego del futuro garantizado por las coberturas sociales también está en crisis. Además, las estructuras políticas, asentadas en organizaciones de la era industrial, están mostrando un alto grado de incapacidad para abordar los nuevos retos del mundo. La política se ha vuelto reactiva, localista, cortoplacista, raquítica en su visión-misión y, en cierta medida, defensora de sus propios intereses como casta.

Superar la crisis implica grandes transformaciones económicas y sociales, empezando por el sistema productivo y la adaptación de las personas a nuevas formas de trabajar, a nuevos sistemas de agrupamiento y a nuevas formas de participación política. No será fácil y será lento, por el momento nos encontramos con un sistema inestable y en descomposición, donde las personas fluctúan en una especie de colector donde el darwinismo socio-económico se va imponiendo. Algunas personas se mantienen integradas y adaptadas al sistema y otras, cada vez más, abocadas al paro y a la marginalidad crónica –los desechos del cambio- o a la constante incertidumbre de los trabajos eventuales  y esporádicos.

Un escenario que nos recuerda a lo que ocurrió cuando, en la era feudal y de los gremios, desapareció el mundo de los artesanos y el mundo de los campesinos y estos convergieron como aluvión en los centros fabriles dando lugar a la era industrial. Una transición llena de sangre, sudor y lágrimas si nos atenemos a las crónicas de los historiadores.

Es posible que en la transición de la era industrial a la era de la sociedad de la información y el conocimiento tenga menos impacto en las vidas de las personas que en la anterior transición. Una visión optimista porque, como humanidad, algo habremos aprendido de la historia y un cierto pensamiento positivo se va imponiendo en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Y, como bien afirma Alain Touraine, la verdadera revolución pasa por apostar por la inversión en el conocimiento, un aspecto en el que Europa está muy retrasada con respecto a los Estados Unidos.

Mis felicitaciones por el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades a dos de mis referentes: Bauman y Touraine, dos intelectuales octogenarios con miradas creativas, críticas y, posiblemente, los que elaboraron, hace años, el diagnostico más acertado sobre los grandes cambios sociales, económicos y culturales que estamos viviendo en estos momentos.

Continuará…..

Lo importante y lo urgente. McKinsey crea un espacio de debate.

what-mattersLa consultora McKinsey ha puesto en marcha un sitio web What Matters  para que un grupo de expertos  puedan exponer sus puntos de vista y debatir 10 grandes retos que, según McKinsey, tiene planteado nuestro mundo actual: biotecnología, cambio climático, crisis del crédito, energía, geopolítica, globalización, salud, innovación, internet y organización.

Visto el panel de expertos y los temas en cuestión, es una iniciativa muy de agradecer para los momentos de crisis y retos que estamos viviendo. Recomendable su seguimiento.

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