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Construyendo los jardines porosos. Google compra Motorola

En pleno ferragosto, fiesta de raíces antiquísima que marcaba el fin de las labores agrícolas en la cuenca mediterránea y que la Iglesia Católica  la convirtió en el día de la Asunción de la Virgen María a los cielos, recibimos la noticia de que Google compra Motorola Mobility por 12.500 millones de dólares.

Es una adquisición con algunas lecturas interesantes y algunas especulaciones sobre tendencias de futuro. La primera lectura es que accede de un plumazo al know-how tecnológico acumulado por Motorola (más de 20.000 patentes) y establece las bases para crear su propio ecosistema de servicios y aplicaciones vinculado a una gama de dispositivos y su sistema operativo sobre el que tendrá el control siguiendo la senda de Apple (véase “iPad. La estrategia de Apple y la comercialización de los productos culturales”) o los intentos de Microsoft con Nokia en el mismo horizonte estratégico. El hecho de que Motorola como Google manifiesten que la compra no impedirá que otros compañías sigan utilizando el sistema operativo Android, garantizando que seguirá siendo abierto, no deja de ser un brindis al sol. Porque la segunda lectura, en términos especulativo, es que se va consolidando la tendencia de una Red estructurada sobre la base de los jardines porosos, tal como la definió la Internet Society (ISOC) con su interesante ejercicio de puesta en escena de cuatro visiones de cómo será el futuro de Internet (véase Según la ISOC: ¿Cómo será Internet dentro de 10 años?)

Los jardines porosos como ecosistema donde las redes permanecen globales, pero el acceso a contenidos y servicios pasan por la utilización de unas determinadas redes de servicios con sus aplicaciones vinculadas a tecnologías propietaria y a determinados acuerdos exclusivos con productores de contenidos y redes físicas que obligarían a los consumidores a comprar varios dispositivos y sus correspondiente  suscripciones en el caso de querer acceder a toda la gama de innovación en la Red. Un modelo donde el control de los contenidos, los precios, las licencias y otros, estarían en las manos de unas pocas corporaciones donde los incentivos financieros para los productores y desarrolladores de software estarían en la innovación continúa vinculada a éste modelo “propietario”.

Apple, Microsoft y Google están construyendo sus jardines particulares.

Chromebook y Google+. La sutil telaraña

Las telarañas (en inglés web) son una buena metáfora de lo que ocurre en la Red. Empresas como Google, Apple, Microsoft, Facebook y otros, se comportan como las arañas, cada una con sus estrategias y tácticas pero con un objetivo común: atrapar el máximo número de presas para su supervivencia y desarrollo. Cada una de estas empresas busca crear la “telaraña” más perfecta, más atractiva, para conseguir el máximo de usuarios.

Es asombrosa la capacidad que tienen las arañas de tejer telarañas. Ciertas arañas tejen telas en forma de embudo, otras en forma de hoja, otras tejen telas en espirales e, incluso, otras sin forma definitiva. Muchas de las redes pueden parecer confusas a simple vista, y es que están hechas con el propósito de confundir a la presa.  La araña, después de hilvanar su tela, acechará sobre o alrededor de ésta, esperando a que una presa quede atrapada.

En el caso de Google, con sus últimas iniciativas como Chromebook, el portátil orientado a la nube, o Google+, el proyecto de construir le red social articulada sobre la base de los servicios que ya presta Google, se comporta como algunas de las arañas de la familia Linyphiidae, las tejedoras de la hojas. Estas Linyphiidaes construyen unas telarañas con dos capas, en la superficie un tejido irregular con enredos de seda sobre las hojas que sirven para desorientar e interceptar y, debajo, un tejido principal donde acecha la araña. Los insectos o animales similares  ignoran el peligro de la tela superficial y una vez caen allí no tienen escapatoria, ya que la única salida se encuentra el tejido principal que es el mortal.

El Chromebook, no es un ordenador portátil, no es un portátil con acceso a la Web, es la Web materializada en Chromebook, y podremos hacer “cualquier” cosa tal como nos promete Google en el vídeo de la presentación del producto-servicio. Pero hay trampa en la propuesta de Google, su telaraña es de doble capa, si nos atrapa en la primera, con la promesa de un dispositivo que nos permitirá acceder al mejor de los mundos, acabaremos cayendo en la segunda, la capa mortal para la libertad de elegir nuestro sistema operativo, nuestro navegador, las aplicaciones, una capa mortal porque la condición sine qua non para utilizarlo es tener una cuenta en Google y aceptar de facto sus condiciones de utilización. Condiciones no siempre muy claras en temas como los usos de nuestros datos personales y contenidos, y que pueden cambiar en cualquier momento según los criterios particulares de la empresa y de sus accionistas. Lo mismo pasa con Google+ con la atracción de crear tus círculos sociales, uniendo lo mejor de Facebook con los servicios que ya presta.

Las telarañas de Microsoft, Apple y Facebook son evidentes, su forma es el embudo, en cierta medida, sabes que si entras te atrapan, eres cautivo de sus aplicaciones y servicios. Google es diferente,  su story telling está construido sobre las bases de la libertad y la generosidad, en general cuenta con más simpatía que su competencia directa. Sin embargo, es mucho más hábil, como la Linyphiidae, porque va tejiendo una sutil telaraña con trampa incluida para garantizar que atrapará de forma más efectiva  a sus presas. Ya lo dice el dicho popular “Con maña, caza a la mosca la araña”.

Es difícil predecir si Chromebook y Google+, las dos grandes apuestas de Google, conseguirán atraer una audiencia suficiente, en un tiempo razonable, para que la compañía se corone como la “reina araña” de la Web.  Mientras tanto, las alegres moscas “geeks” revolotean proclamando las excelencias del Google Plus.

Introducing the Chromebook

The Google+ project: A quick look

Google. Castas y proletarios en el siglo XXI

Google, hoy en día, está considerada como uno de los paradigmas en la innovación de productos y servicios y con un ambiente de relaciones laborales que es el espejo de muchas de las startups tecnológicas que inician su singladura en el líquido siglo XXI.

Los Googlers, los chicos y chicas divertidos, inteligentes, relajados y creativos que trabajan en Google, pueblan nuestro imaginario gracias a los miles de videos y fotografías que circulan por la Red. Nos seducen los espacios de sus oficinas donde las zonas de descanso y las zonas lúdicas están omnipresentes. Envidiamos las atenciones al empleado con una serie de servicios como la lavandería y la limpieza en seco, los servicios automovilísticos, los spa con piscina, la comida gourmet, los masajes en el lugar de trabajo, así como la atención sanitaria en la propia oficina. También envidiamos la libertad que tiene un Googler para administrar su tiempo y su trabajo como quiere. No hay horarios pero, eso sí, los plazos de entrega y desarrollo hay que cumplirlos. Además del famoso 20% del tiempo libre que cada uno puede dedicar a proyectos personales hay un 10% de libre disposición absoluta. Los trabajadores pasan sólo una fracción de su tiempo en la mesa de trabajo. Con frecuencia trabajan con el portátil en las zona de descanso compartiendo con los demás, en pequeños grupos, con el fin de favorecer la creatividad y la sociabilidad.

Es el mensaje de que “Google es un paraíso” no únicamente para los Googlers, sino para el resto del mundo. Los Googlers, en la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley serian los Alfas, los más capacitados en una sociedad de castas, los que realizan las tareas más complejas y que requieren mayor habilidad mental. Para los Googlers el mensaje es más directo: Google es un imperio y para gozar de los beneficios de la cultura organizacional del imperio, primero hay que comprometerse en la construcción del imperio que todo lo ve y todo lo sabe. Como bien señala Martín Fernández en una entrada en su blog, “Trabajar en Google, del paraíso al imperio”, en el trabajo se pasa la mayor parte de nuestra vida activa. Y parte de ese racional es el que utiliza la lógica de resignación que la posmodernidad tiene reservada para el trabajo: “Con nosotros, esa parte de tu vida va a ser mejor”.

Pero en Googleplex, la sede de Google en Mountain View, Santa Clara, California, como en “Un mundo feliz”, se perpetúa la diferenciación en castas y reeditar la condición de proletariado. Es lo que denuncia el antiguo empleado-colaborador de Google y vídeoartista Andrew Norman Wilson en su vídeo-testimonio Workers Leaving the Googleplex, donde los empleados de Google se dividen en cuatro castas, cada una de ellas identificadas con un color.

La primera se corresponde con los empleados con plenos derechos, los Googlers, con su identificativo blanco, La segunda son los becarios, con su identificativo verde, los cachorros llamados a formar parte de la élite. A continuación nos encontramos con los miles de empleados de proveedores de servicios externos, muchos de ellos subcontratados, que con su identificativo rojo conviven y trabajan codo a codo con los Googlers pero que tienen limitadas algunas de las atenciones al empleado.  Unos distintivos que pueden ser necesario en una gran organización para diferenciar responsabilidades y grupos de trabajadores según sus funciones, pero que en el caso de Google va mucho más allá al perpetuar la diferenciación si tenemos en cuenta que, además de los empleados con sus identificativos blancos, verdes y rojos, están los ScanOps, los que escanean libros para Google Book Search, con su identificativo amarillo y que no tienen derecho a ninguna de las atenciones a los empleados que disfrutan las otras “castas”. Además están recluidos en el edificio 3.14159~ (Pi) y tampoco pueden compartir el campus como el resto de empleados. Son los grandes desconocidos, en una división en castas, los ScanOps  forman la casta más baja del universo de Google, el nuevo proletariado. Se corresponderían con los Epsilones en “Un mundo feliz”.

Además, nos encontramos con una casualidad o una mala jugada del inconsciente en los significados con la selección de la simbología de los colores para diferenciar y jerarquizar a las personas. La utilización del amarillo, en el caso de Google, para la casta más inferior, coincide con los criterios aplicados en la Alemania nazi, en su particular burocracia de control en los campos de concentración, para identificar a los judíos, la categoría más subhumana según los nazis.

El testimonio de Andrew Norman Wilson, denuncia algo que vivió hace casi cuatro años y lo publica ahora, a lo mejor estaba limitado por una clausula de confidencialidad. También podríamos pensar que Wilson como artista puede haber creado un fake para provocar una reflexión sobre la gestión de hoy en día. Lo cierto es que el disfrute de beneficios para empleados en función de una división en “castas” está a la orden del día. Personalmente conozco más de una empresa que tiene implantado dicho sistema de segregación, la diferencia con Google es que no venden la imagen del “paraíso del trabajador” tan descaradamente como este último.

Working at Google