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Aclarando conceptos: Productividad, competitividad…

Conceptos como productividad, competitividad, eficiencia, eficacia, profesionalidad o intensidad del trabajo están omnipresentes en las informaciones, debates y análisis de la situación económica actual. En el alud de informaciones al que estamos sometidos, observamos que uno de los problemas comunes es que se suelen confundir dichos conceptos al referirnos a una determinada realidad, sea como individuo, empresa, región o país involucrados en los procesos económicos. Una confusión que, por ejemplo, en el caso de los gobiernos puede conducir a una toma de decisiones errónea o a medidas cortoplacistas para obtener rápidamente unos beneficios coyunturales, pero que, en el medio y largo plazo, puede implicar grandes perdidas. Por ejemplo, en el caso español, los recortes del gasto en investigación  y en educación para reducir el déficit actual conllevará en las próximas décadas una pérdida de productividad y competitividad en una economía donde el conocimiento cada vez tiene más peso. Vamos a repasar dichos conceptos.

La productividad es uno de los conceptos relevantes en cualquier análisis de los procesos económicos actuales, sobre todo en una economía globalizada. Es, en definitiva, el indicador para medir la utilización óptima de los recursos (costes) en la producción de bienes y servicios. Esta utilización optima de los recursos se traduce en obtener más cantidad y/o calidad de productos o servicios, o conseguir unos costes de producción o prestación de servicios menores por unidad de producto o servicio.

La productividad, históricamente, se reducía básicamente a los factores trabajo y capital. Hoy, cualquier análisis de la productividad debe considerar un gran número de factores: las inversiones y los flujos de créditos; la I+D+i (Investigación, Desarrollo e innovación); las normativas reguladoras (relaciones laborales, ambientales, seguridad, etc.) de la actividad económica según los diferentes gobiernos (sean locales, autonómicos, estatal o Europeo en nuestro caso); las subvenciones, las desgravaciones, los impuestos, las tasas o cotizaciones; la tecnología (equipamientos e infraestructuras) y el conocimiento (métodos y procesos); los costes energéticos; la calidad de los recursos humanos (formación y habilidades); etcétera. Por lo tanto, “medir” la productividad requiere un análisis multifactorial donde se deben considerar todos estos factores y sus interrelaciones. También comentar que es un error reducir, en general, el concepto de productividad al de “productividad en el trabajo”; o confundir la productividad con la rentabilidad; o considerar que la simple reducción de costes siempre mejora la productividad; o, entre otros, reducir los problemas de la productividad a simples problemas técnicos o de gestión.

La competitividad es otro de los conceptos relevantes y se refiere a la capacidad que tiene una empresa, región o país de obtener mayor rentabilidad en el mercado en relación a sus competidores. Es el indicador que permite medir o comparar la productividad de uno y la productividad de los otros ofertantes del mercado. En general, esto se traduce en poder ofrecer un producto o servicio con el mejor precio. Sin embargo, en algunos mercados o para determinados productos y servicios no estandarizados el precio no es la variable determinante y pueden influir otros factores como la calidad, la imagen de marca o la logística para llegar al consumidor final.

Y aunque productividad y competitividad están íntimamente relacionadas, nos podemos encontrar con algunas empresas con una alta productividad que no son muy  competitivas y con otras empresas con una baja productividad que sí lo son. Sin embargo, en general, en los mercados estandarizados, ser competitivo implica ofrecer un producto o servicio con el precio más bajo gracias a una alta productividad, es decir, costes globales más bajos. Por ejemplo, China, la cual se ha convertido en la gran fábrica de productos manufacturados.

La productividad en el trabajo (productividad laboral), como concepto, es la relación entre la producción de un bien o la prestación de un servicio y el personal que los realiza. Es decir, mide o refleja la “eficiencia, eficacia o la intensidad del trabajo” del personal en los procesos productivos o en la prestación de un servicio. En este punto señalar que, cada vez más, la variable “bienestar en el trabajo” empiezan a considerarse en algunas organizaciones. Bienestar en el trabajo implica encontrar un equilibrio entre el trabajo y la vida personal.  Google podría ser considerada como un ejemplo de empresa donde su política de relaciones laborales es el espejo de muchas de las startups tecnológicas que inician su singladura en el líquido siglo XXI, aunque debemos señalar que dicha política tiene su lado oscuro (Google. Castas y proletarios en el siglo XXI).

La eficiencia implica la ejecución tareas de forma disciplinada acorde con un determinado método en los procesos de producción de bienes o en la prestación de servicios con una alta calidad en el menor tiempo posible. En este punto, señalar que se puede ser eficiente pero con un resultado no efectivo al no conseguir los resultados deseados. Mientras que la eficacia, en el contexto de la productividad en el trabajo, seria el grado de obtención del resultado deseado aunque no se hayan ejecutado las tareas o el plan de trabajo de forma disciplinada. Por último, la intensidad del trabajo sería el incremento de trabajo o el sobreesfuerzo del trabajador en la realización de sus actividades ya sea mediante el aumento de horas de trabajo o exigiendo mucha más producción en una unidad de tiempo.

Como individuos, nuestra productividad personal siempre estará condicionada por: el tipo de actividades que realizamos; por los sistemas o indicadores que “definen” la eficiencia, la eficacia y la intensidad de trabajo según el tipo de actividad; por el grado de control de nuestra propia productividad y la autonomía personal dentro de una organización; y, sobre todo, por el ecosistema productivo en el que desarrollamos nuestra actividad. No es lo mismo trabajar en un sistema de producción industrial donde el individuo es una pieza más del proceso con unas actividades bien definidas y unos tiempos acotados (Taylorismo, Fordismo o el Toyotismo como forma de superación del Fordismo como método), que trabajar en un sistema donde la información es la materia prima y el conocimiento las herramientas donde el individuo es el actor central del proceso y tiene que gestionar, en general, sus propias actividades y tiempos en un contexto de producción determinado.  Señalar que uno de los problemas actuales, en la transición entre una sociedad industrial (siglo XX) y una sociedad del conocimiento (siglo XXI), es que nos encontramos con organizaciones donde al trabajador del conocimiento se le imponen métodos de la producción industrial restringiendo las propias herramientas del trabajador, es decir su conocimiento y su capacidad de innovar (Véase: El fin de los empleados Forrest Gump)

Para finalizar, reiterar que hablar de productividad, competitividad, eficiencia o eficacia requiere siempre su contextualización considerando, en la medida de lo posible, la correlación de los factores que intervienen en cada caso concreto.

Recetas y estilos para incrementar la productividad

La semana pasada, el ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, debió de recibir un par de nuevos collejas de sus jefes (BCE, FMI, Merkel, ….) por su falta de diligencia en las reformas y ajustes para relanzar nuestra maltrecha economía. Sin embargo, las collejas actuaron como mano de santo, porque el viernes ya anunció dos medidas que puede ser considerada de gran calado: la posibilidad de reducir las cargas y la imposición sobre el trabajo (cotizaciones sociales del trabajo) y, para compensarlo, el incrementar la imposición del consumo  (IVA e impuestos especiales) a partir del 2013.  En otras palabras, una “devaluación fiscal” ya que España, por su pertenencia a la zona euro, no puede realizar una devaluación monetaria (Xavier Sala i Martín explica el concepto de devaluación fiscal con detalle  en su blog).

Si a estas medidas le añadimos el impacto directo e indirecto que tiene la Reforma Laboral en la reducción de los costes de la mano de obra, desde los costes por despidos al efecto perverso de la bajada de los salarios provocado por un mercado del trabajo en depresión con nula fuerza de negociación, el efecto esperado es que se incremente la competitividad (menos costes por recursos humanos) facilitando la reducción del déficit exterior con el incremento de las exportaciones y la reducción de las importaciones. Es decir, nos encontramos con una nueva chapuza para paliar la falta de productividad y competitividad de la economía española. La cuestión clave es,  después de más de una década, que se siguen sin abordar las reformas estructurales necesarias, una responsabilidad de los sucesivos gobiernos del PP con Aznar y de los gobiernos del PSOE con Zapatero, y todo apunta que tampoco figura en la agenda del gobierno actual de Rajoy si nos atenemos a su errante política económica.

El anuncio del ministro De Guindos de subir el IVA ha provocado una conmoción en el seno del Partido Popular, ya que su negativa a cualquier subida de los impuestos indirectos fue bandera durante su etapa de oposición al gobierno de Zapatero y fue uno de los puntos de su programa electoral en las generales del 2011. Obviamente, el ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, la pareja de Luis de Guindos en el área económica, se tuvo que despachar con el eufemismo de “ponderación de impuestos” para no mentar la bicha de “subida del IVA”:  “No vamos a subir impuestos en España, vamos a cambiar la ponderación de los mismos para favorecer el crecimiento y, sobre todo, la creación de empleo”… “los contribuyentes en España no pagarán más impuestos”.

Pues eso, Montoro y De Guindos compiten con Mortadelo y Filemón ya que el comportamiento del tándem  de los dos ministros se parecen, cada vez más, a las barrabasadas de la famosa pareja del tebeo creada por Francisco Ibáñez: Mortadelo y Filemón.  La única diferencia es que  Montoro y De Guindos nos hace llorar, mientras que Mortadelo y Filemón nos hace reír.

La procrastinación como estímulo de la creatividad

Interrumpir nuestras tareas, entrar en Internet y vagar por sus contenidos puede ser un medio de buscar, conscientemente o inconscientemente, un estímulo para nuestra creatividad. Sobre todo si los contenidos que leemos, escuchamos o miramos nos provoca una sonrisa o emociones positivas.

En un reciente estudio “Better Mood and Better Performance: Learning Rule-Described Categories IsEnhanced by Positive MoodRuby” (PDF) realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Western Ontario centrados en temas relacionados con el cómo nuestras emociones afectan nuestras actitudes cognitivas, han llegado a la siguiente conclusión: las personas que dedican una parte de su tiempo a temas que les despiertan sensaciones positivas son mucho más eficiente que las que lo dedican a temas que provocan sensaciones tristes o neutras.

Para ello establecieron tres grupos en un entorno específico de aprendizaje centrado en la capacidad de observar un número determinado  de elementos,  distinguir características comunes (modelos o patrones) y agruparlas por categorías, a cada grupo de participante se les provocó un estado de ánimo diferente –tristeza, neutro y alegre- mediante la audición de música y la visualización de vídeos.  El resultado fue que el grupo que se les provocó un estado de ánimo de alegría tuvieron mejores resultados que los otros dos. En promedio fueron entre el 15% y 20% más eficiente que los otros dos grupos.

Los dos temas que provocaron un estado de ánimo más positivo fueron:

Mozart ” Eine kleine Nachtmusik” Allegro

Laughing baby

http://www.youtube.com/watch?v=HttF5HVYtlQ

De este estudio podríamos inferir que navegar por la Red y ver vídeos en Youtube nos puede predisponer a potenciar nuestra creatividad y, en un entorno empresarial o profesional, incrementar nuestra productividad. Una inferencia que podría estar avalada por otro estudio más antiguo de Brent Coker, profesor de Management y Marketing de la Universidad de Melbourne, donde se mostraba que los empleados que dedican un tiempo razonable a navegar por la Red (un 20% de la jornada del trabajo) tenían un productividad superior de un 9% sobre aquellos que no lo hacían.

Y es que el Workplace Internet Leisure Browsing (WILB), es decir, las actividades que un empleado puede realizar en la Red como  navegar por la web para obtener información y opiniones sobre productos, leer noticias, jugar a juegos, mantenerse al día con las actividades de sus amigos en las redes sociales o ver videos en Youtube, son como unas vacaciones cortas y discretas durante la jornada laboral que permiten que la mente descanse y, por tanto, conseguir una mayor concentración total neta de un día de trabajo, y como resultado, un aumento de la productividad.

Estas investigaciones muestran el lado positivo de la procrastinación en el sentido que postergar actividades o situaciones que deben atenderse sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables que nos permiten prepararnos, con la mesura debida, para afrontarlas en mejores condiciones. Mientras tanto, en la gran mayoría de empresas y organizaciones, aquí y al otro lado del Atlántico, todavía ven la procrastinación en el puesto de trabajo como un elemento negativo o una perdida de tiempo.

La cuestión:  ¿Inmersos en una Sociedad de la Información y el Conocimiento, se sigue asociando productividad con los culos prietos calentando la silla durante horas y horas?

Nota aclaratoria: La procrastinación en su acepción clásica hace referencia a un trastorno del comportamiento vinculado al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir y la tendencia de evadir responsabilidades posponiendo tareas a realizar puede llevar al individuo a refugiarse en actividades ajenas a su cometido. En esta entrada hemos recurrido a un juego semántico al utilizar dicho concepto desde un punto de vista positivo, ya que se suele abusar de su utilización para denotar actividades relacionadas con la Workplace Internet Leisure Browsing, sobre todo, en el puesto de trabajo y cuyo objetivo es ese descanso que nos permite “recargar las pilas”.

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