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Un mándala vivo. El planeta y su sistema nervioso central

Es un hecho que la Red es cada vez es más tupida, más interconectada. No paran de conectarse personas, objetos –Internet de las cosas- y sistemas de información, estableciéndose conjuntos complejos de relaciones entre todos estos sistemas a su vez complejos que, en cierta medida, nos permitiría afirmar que en el planeta está creciendo de forma exponencial un sistema nervioso central de datos que pueden constituir informaciones, la cual, correctamente asimilada, puede ser usada como conocimiento y que nos abre las puertas de la sabiduría si los utilizamos de la manera mas provechosa y justa posible.

Es lo que nos propone el video de IBM “Internet of Things” publicado hace tres meses con una excelente calidad en su composición y acompañamiento musical de Lee Feldman: un planeta más inteligente con dos dimensiones, una de ellas es ser más eficiente, menos destructiva, para conectar los diferentes aspectos de la vida que nos afectan a cada uno de una forma más consciente y deliberada, e inteligente. La otra, la posibilidad de generar nuevas ideas, nuevas actividades y nuevas formas de relaciones sociales. Por tanto, según IBM, podemos visualizar nuestro planeta como un sistema de información, creación y transmisión.

Es decir, el planeta como un mándala vivo y, por lo tanto, un talismán e instrumento mágico que toca a la totalidad de sus habitantes. Un enfoque que nos recuerda el tratado utópico renacentista “La Ciudad del Sol” del filósofo y dominico Tommaso Campanella, escrito en el año 1602, donde se describe una sociedad teocrática universal donde se registran, ya sabidas, todas las ciencias; “ahí están los nombres de todos los astros y de todos los animales, el remedio para todos los males, un lugar de perfección y racionalidad pura”.

Sin embargo, a pesar de los discursos utópicos y deterministas tecnológicos se impone la realidad obtusa que nos rodea. Vamos hacia un planeta cada vez más interconectado con más datos, informaciones y hasta conocimiento, Pero somos incapaces de detectar, gestionar y resolver la mayoría de las crisis de cualquier tipo. El botón de muestra: la crisis actual en la que estamos inmersos.  Será porque las puertas de la sabiduría todavía se mantienen cerrada para la mayoría de la humanidad y, por tanto, no nos servimos  del conocimiento adquirido de manera más provechosa y justa.

La Red y sus chamanes

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Las sociedades tradicionales se basaban en las creencias religiosas y valores tradicionales que las mantenían estables anulando cualquier amago de individualidad. Hoy en día, en nuestras sociedades desarrolladas, la innovación reemplaza a las creencias. La innovación se presenta como un motor que nos emancipa como individuos aunque esté llenas de riesgos.

Pero afortunadamente tenemos nuestros chamanes modernos, esos seres con la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de ésta. Con la facultad de predecir, de comunicarse con el más allá presentando habilidades visionarias y adivinatorias.

Y la Red es terreno abonado para estos nuevos chamanes, que actúan como psicopompos –guías de almas-, nos hablan de cómo será la Red en un futuro. Una Red que, junto a la innovación tecnológica constante, nos conducirá a la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Una isla con una sociedad con conocimientos técnicos y científicos muy avanzados en casi todos los campos de la vida del ser humano con la Casa de Salomón, como un lugar de síntesis del saber y a la vez una especie de museo y catedral de la técnica donde se celebraba una suerte de culto tecnocrático.

Llevo tiempo leyendo/escuchando a una fauna de chamanes que escriben/disertan sobre las potencialidades revolucionarias de las nuevas tecnologías y como nos conducirán al nirvana del conocimiento y la abundancia de servicios y bienes virtuales olvidando la realidad más elemental, que cualquier revolución tecnológica tiene que contextualizarse en sus respectivos ámbitos sociales, económicos y culturales y las tensiones que se producen entre tecnología y sociedad. Ámbitos que, hoy por hoy, están mediatizadas por las relaciones entre los individuos y las instituciones –públicas y privadas- como órganos de gestión del poder y el control.

Es cierto, las nuevas tecnologías y la Red conllevan una gran capacidad que podrían transformar nuestras sociedades profundamente, pero, por el momento, los poderes económicos y políticos lo único que persiguen es integrar dichas tecnologías en sus procesos de dominación, eso si, cambiando comportamientos para que nada cambie. Mientras tanto, sus chamanes, disfrazados de expertos, gurús o profesores de escuelas de negocios, mantienen distraídos al personal con gadgets de la innovación y otras parafernalias tecnológicas.

Dicen que una crisis es una oportunidad, me pregunto: ¿Se está aprovechando la crisis actual para transformar realmente nuestra sociedad y las relaciones de poder tanto a nivel macro como micro?  En mi opinión, no.

Video de Simon Hergueta

Determinismo tecnológico y utopismo en los discursos sobre la Red

determinismo-tecnologicoEl determinismo tecnológico y el utopismo -doctrinas filosóficas- están impregnando, en estos últimos años, los discursos sobre la Red, porque las posibilidades y potencialidades de ésta y su imbricación en todos los ámbitos de la sociedad es un terreno abonado para desarrollar ilusiones y mistificaciones que desembocan en falsas euforias y expectativas canalizadas, generalmente, por determinados voceros o ilustrados de las TICs.

Nueva economía, revolución informacional, sociedad en red y otros términos, son las diversas fórmulas que se están utilizando, en diversos momentos, para calificar las evoluciones que, a través del impacto de las nuevas tecnologías, están viviendo o vivirán las organizaciones privadas y públicas, y las personas en sus diferentes roles: trabajador, consumidor o ciudadano.  Se ha llegado a punto en el que, a menudo, es difícil discernir entre los análisis y las predicciones producto de la moda, los discursos mediáticos y los intereses empresariales de determinados sectores relacionados con las nuevas tecnologías, y los análisis y predicciones, más acorde con la realidad, que emergen de las transformaciones fundamentales.

El sentimiento compartido por muchas personas del carácter ineluctable de las innovaciones tecnológicas puede dar lugar a que, también, se consideren las transformaciones de muchos ámbitos sociales y económicos consecuencia pura y simple de dichas innovaciones.  En este tipo de reflexión, surge de nuevo el concepto de determinismo tecnológico después del repliegue que había sufrido en los últimos decenios por la amplia introspección sobre los procesos de automatización e informatización. Es preocupante, la tendencia de algunas organizaciones, en estos últimos años, en concentrarse en la implantación de soluciones técnicas más que en la evolución de la propia organización.

En este punto es importante reflexionar sobre el clásico debate entre el  determinismo tecnológico o el construccionismo social en la configuración de un sistema tecnológico. En la línea propuesta por Hughes,  que acuñó el concepto del impulso tecnológico y lo sitúa entre los extremos del determinismo tecnológico y el construccionismo social; nos sugiere que podemos aplicar este modo de interpretación al fenómeno de la Red como un sistema que en algunas ocasiones es la causa y en otras el efecto. En términos de Hughes: “Un sistema tecnológico puede ser tanto una causa como un efecto; puede configurar la sociedad y ser configurado por ella. Los sistemas, a medida que son mayores y más complejos, tienden más a configurar la sociedad y menos a ser configurados por ella“.

Ahora bien, causa y efecto no como secuencias determinadas, sino como complicaciones e implicaciones en el contexto de la teoría de la complejidad. Complicar es mostrarse transgresivo, “mezclar las cosas”, complicar ontológicamente las cosas hasta deshacer las fronteras “disciplinarias” que han extraído y compartimentado abstractamente los objetos de estudio hasta “vaciarlos”, moldeando la naturaleza, la cultura y la tecnología en sistemas cerrados de objetos puros que se van delimitando mutuamente.

A menudo las tecnologías se “relacionan” con nosotros; en otras ocasiones, nosotros nos relacionamos con ellas. Los flujos son raramente unidireccionales. Apoyándonos en esta línea argumental, podemos considerar que la Red, por su carácter rizomático, influye y modela determinadas pautas sociales, económicas y culturales; pero, también,  al ser un sistema tecnológico en vía de desarrollo tiende a estar más abierto a las influencias socioculturales, aunque, en el momento actual, su configuración está comenzando a adquirir componentes políticos, económicos y de valores -apropiación por el sistema- que son determinantes en su modelización.

El nuevo mundo posmoderno, con un alto componente pragmático, está lleno de escenarios utópicos encubiertos. El utopismo, afín al sueño organizado, es una descripción de un mundo imaginario fuera de nuestro espacio y de nuestro tiempo o, en todo caso, del espacio geográfico y tiempo histórico. Es la descripción de un mundo constituido sobre principios diferentes a aquellos que son dados en el mundo real. Puede tener intención exploratoria discriminando entre alternativas, o indicativa al trazar la dirección al presente o crítica al negar el estatus quo.

La historia siempre tuvo un componente utópico, que es la forma cultural de la esperanza. Pero también, cuando el deseo utópico es segregado del debate racional, puede renacer bajo la forma del mesianismo, del despotismo o del delirio colectivo. Al fin y al cabo, la utopía filosófica moderna quiso ser una alternativa al violento milenarismo que agitó a Europa desde fines del medioevo hasta los tiempos de la Reforma. La Utopía de Tomas Moro, la Nueva Atlántida de Francis Bacon o la Ciudad del Sol de Tomaso Campanella, fueron modelos  para cambiar y corregir los males de su tiempo y, en este sentido, constituyeron utopías políticas, sociales y científicas que proyectaron la búsqueda de una sociedad perfecta. Bacon y Campanella introdujeron la reflexión sobre el papel de la técnica.

La modernidad ha estado dominada por un cierto tecnocentrismo, se podría afirmar que ha sido la ideología dominante tanto en la Primera Revolución Industrial como en la segunda. También ha sido el referente común del sistema capitalista y de los desaparecidos sistemas sociales y económicos del “socialismo real“.  El tecnocentrismo entró en crisis en torno a la fecha simbólica de 1968, con la irrupción de nuevas dinámicas de contestación política, social y cultural que se desarrollaron en muchas partes del mundo en los años sesenta.

La cuestión es que con la posmodernidad vuelve a (re)surgir nuevas utopías tecnológicas en torno al concepto de la Red en su sentido más amplio.  El problema principal de las nuevas utopías tecnológicas está en la perspectiva tecnocentrista que tienen detrás y que lleva a una desnaturalización de lo que es la tecnología y en consecuencia a una proyección que puede deshumanizar al ser humano en diversos sentidos, particularmente en su libertad, en su capacidad de ser dueño y creador de su propio destino. Estas nuevas utopías reeditan a su modo lo que Bacon proponía algunos siglos atrás.

En estos últimos años, la digitalización de muchas de las actividades funciones y representaciones humanas han dado un vuelco espectacular a la organización de la vida y de la sociedad. Hoy las tecnologías han realizado muchas de las utopías diacrónicas de la humanidad: las máquinas escriben, calculan, se “hablan” a distancia sin cables, se pueden ver dos personas situadas en espacios lejanos, las máquinas pueden “pensar” y ganar al hombre en el campo del ajedrez.  El carácter rizomático de la Red, permite que ésta se esté convirtiendo en un espacio social, una alternativa  al mundo real y ha dado lugar a la utopía de una asamblea virtualmente igualitaria donde todos pueden opinar, hacerse escuchar y acceder al  saber más secreto, sin barreras ni controles.

Ahora bien, la Red como objeto del discurso político se debe situar en el centro de la evolución  de las ideologías neoliberales y el acercamiento, cada vez más, de una inteligencia “virtual class” a posiciones más conservadoras. Nos parece interesante el análisis de los ingleses Barbrook y Cameron sobre de la gestación de una nueva ideología en torno a la Red, la “Ideología Californiana” que “ha  emergido de una extraña fusión entre la bohemia cultural de San Francisco y la industria de tecnología punta del Silicon Valley. Promovida en revistas, libros, programas de televisión, sitios web, grupos de discusión de Usenet y conferencias de la Red, la Ideología Californiana combina, de forma promiscua, el espíritu despreocupado de los hippies y el ardor empresarial de lo yuppies. Esta amalgama de realidades opuestas ha sido posible gracias a una profunda fe en el potencial emancipatorio de las nuevas tecnologías de la información“.

Según el análisis, la ideología californiana,  manifiesta un cierto nihilismo ya que es el resultado de un deseo de globalización de las culturas sumidas a una versión unilateral orientada únicamente hacia la técnica. También, como demuestran Barbrook y Cameron, la ideología está impregnada de los mitos fundacionales de la nación norteamericana. Un deseo de libertad y una visión relativa de la solidaridad, un miedo al otro, la creatividad comercial, y el mosaico racial donde cohabitan desde el racismo y explotación hasta la inmensa riqueza que aporta éste.

En el apasionado debate que origino la publicación de la Ideología Californiana, la respuesta de Louis Rossetto de la revista Wired -la revista de la “virtual class“-, desarrolla el difundido discurso utópico que explica cómo, poniendo el debido empeño, todos los países pueden llegar a ser competitivos en un “mercado libre y justo“. Un perfecto sistema “inercial“, que desde su perfecta racionalidad desprecia las conocidas debilidades: el monopolio, la competencia desleal, la burocracia y la corrupción.

La realidad es que la digitalización y la mercadotecnia se convierten en dos potentes palancas de activación de la sociedad, y en ella ocupa un lugar destacado la educación, mediante la cual se camina, casi de forma inconsciente, hacia un pensamiento global y único. El discurso único de la cultura globalizada respeta, en general, las formas de la democracia representativa. También reivindica la más amplia tolerancia, con la condición de que no se deje de consumir y se respetan las reglas del mercado.

Existe una dinámica tecnológica y una serie de aproximaciones con una importante carga utópica de los fundadores del discurso de la Sociedad de la Información que, en cierta medida, son equiparables al ideal dibujado por Bacon.  En efecto, en primer lugar, está admitido, casi universalmente que la dinámica desatada, desde hace dos decenios,  en el campo de las tecnologías de la información y las comunicaciones es, sobre todo, una dinámica profundamente tecnológica, la cual se va alternando, entre otros, por el desplazamiento geográfico de la demanda, la apertura de nuevos mercados y la incorporación de nuevos actores.

El despliegue y crecimiento de las redes, de las infraestructuras y de los servicios de telecomunicaciones; de las aplicaciones y el software en el campo de la informática; de redes, de cadenas y de programas en el campo del audiovisual, son las manifestaciones más espectaculares; su interconexión e integración, con la ayuda de la digitalización, son los trazos más relevantes.

Los proyectos de la construcción de las autopistas de la información, que se inició a partir del programa HPCC (High Performance Computing and Communications) y la creación de la  NIIAC National Information Infrastructure Advisory Council y el impulso de la construcción del GII Global Information Infrastructure por la Administración Clinton en 1994 adquirió una gran notoriedad mundial en los discursos dominantes a finales del siglo XX.

A finales del mismo año, en la Unión Europea se adoptaba el Libro Blanco de Jacques Delors sobre el crecimiento, la competitividad y el empleo. Una respuesta programática europea al proyecto norteamericano de las autopistas de la información, donde se puso de manifiesto la necesidad de desarrollar una infraestructura de información paneuropea que ayudase a la reactivación del crecimiento económico y la competitividad, que a su vez traería  nuevos mercados y nuevos empleos. Iniciativa que se completó con el Informe Bangemann sobre Europa y la Sociedad Global de la Información.

Los proyectos fruto de todas estas iniciativas constituyeron, en primer lugar,  una primera generación de una nueva dinámica tecnológica desarrollada y dirigida por la iniciativa privada y, por tanto, subordinada a la rentabilidad siguiendo la lógica del mercado; y, en segundo lugar, un discurso de la “Sociedad de la Información” que se estuvo forjando, en su mayor parte, en los debates de ideas que acompañaron la presentación y la concepción de esas autopistas de la información, inicialmente en los Estados Unidos y posteriormente en el Japón y en los países de la Unión Europea. Debates que estuvieron precedidos de unos discursos controvertidos sobre el concepto de la sociedad de la información y la comunicación por parte de una serie de sociólogos y futurólogos.

Los discursos sobre la Sociedad de la Información, en boga estos últimos años,  se han articulado, en general, sobre cinco grandes promesas unitarias que permiten restituir la lógica y la coherencia de una cierta utopía.

La primera promesa, está relacionada con la temática de una abundancia comunicacional y la democratización cultural y política. Abundancia cuantitativa e hiper-elección en la terminología de Toffler.  Los defensores de este discurso afirman que la opulencia de la Sociedad de la Información, permite que aquello que estaba reservado a una elite, gracias a la Red, puede devenir una práctica de masas por la reducción de los precios de numerosas actividades y de los bienes culturales que una sociedad de este tipo puede aportar.

La segunda promesa, es el incremento sustancial de la “democracia participativa” o  teledemocracia.  Los que mantienen este discurso, afirman que la Sociedad de la Información facilita el desarrollo de una democracia participativa y directa al abrigo de cualquier confiscación eventual por parte de los representantes políticos. La Red permite, desde un punto de vista funcional,  que los ciudadanos dispongan de la información previa a una deliberación y de centralizar inmediatamente el veredicto con el mínimo esfuerzo para estos, ya que pueden ejercer su responsabilidad desde el confort de sus domicilios particulares. En otras palabras, una nueva forma de democracia dónde el pueblo soberano se expresa cada vez menos por sus papeletas de votos y cada vez más por medio de la presión de su opinión, su pensamiento y su juicio.

La tercera promesa, está relacionada con el hecho de que la Sociedad de la Información se articula sobre la base de una sociedad de actores autónomos e interactivos. La noción de autonomía es central en los discursos de los defensores de la Sociedad de la Información, ya que, para ellos, es promesa de una sociedad descentralizada y organizada en red, promesa de interactividad de las conexiones y los intercambios, promesa de convivencia y control, por parte del individuo de su entorno, y también promesa de transparencia, un valor ético-moral en alza.

La cuarta promesa, se centra en el discurso comunicacional, anunciado como una modificación radical de las relaciones en las sociedades modernas en el espacio. Un planeta recubierto de una membrana de redes de comunicaciones, sean terrestres o inalámbricas que da cuerpo a la profecía Macluhaniana sobre la Aldea Global, y que nos reenvía directamente a la problemática de la globalización que sugiere, con independencia de la circulación de imágenes y de mensajes, la profunda interdependencia  de los problemas y la tendencia subyacente a su transnacionalización.

Por último, la quinta promesa del discurso sobre la Sociedad de la Información atañe a las relaciones que las sociedades, las empresas y los Estados vinculan a la dimensión temporal. La Sociedad de la Información, es la sociedad de la velocidad y de la instantaneidad, según los defensores del discurso, un planeta sujeto a los imperativos del tiempo real, con una interconexión generalizada, sin contacto físico y sin la preocupación de las distancias.

Un análisis de estas cinco “anunciaciones“, o “la promesa de un mundo mejor” presentadas por los defensores del discurso de la Sociedad de la Información como las promesas más significativas de ésta, requiere una cierta desmitificación de algunas de las leyes y lógicas que le son subyacentes y, también, por la desmitificación de la concepción, de la visión y de la ideología que dan pie a estas anunciaciones.

Podemos constatar que la temática de la abundancia informacional, que constituye el núcleo del discurso de la Sociedad de la Información, se apoya en el determinismo tecnológico de las tecnologías de la información y las comunicaciones, como el principal motor de los cambios sociales.

Toda la problemática  del discurso, la mayor parte de ésta, se articula en la descripción de las potencialidades de remodelación de lo social que comporta el determinismo tecnológico en el desarrollo e interconexión de los diversos medias: informática, televisión y telecomunicaciones. La noción de abundancia suscita, por otro lado, varios interrogantes, en particular, cuando se asocia a la democratización cultural. ¿Hasta que punto, la ampliación cuantitativa y cualitativa de las elecciones es concebible? Por ejemplo, cuando los productos culturales, los más legítimos, hoy por hoy, están  sujetos a los criterios de audiencia, censura o filtraje, entre otros, o cuando la fuente de la producción audiovisual está oligopolizada por unos cuantos productores de la información. Es cierto que existe la abundancia informacional y que el carácter rizomático de la Red está permitiendo que cualquier persona pueda crear sus contenidos, que se puedan crear comunidades espontáneas y que se puedan crear redes sociales para compartir información, y que exista más información accesible. Pero, también es cierto, que la lógica del poder en todos sus ámbitos domina o tiene capacidad de control de la Red.

Debemos reconocer que la mayor parte de los proyectos actuales que pueden conducir a la Sociedad de la Información eluden, en general, la dimensión  sociocultural y humana y se inscriben en una lógica puramente técnica, económica y financiera con un alto componente de determinismo tecnológico.

El discurso sobre la Sociedad de la Información es profundamente utópico cuando desarrolla el concepto de la democracia telemática sobre la base de una democracia directa, participativa y transparente. La difusión selectiva por la novedad y directa por la inmediatez,  de la información en el medio televisivo -los informativos-, la radio o la prensa y sus canales complementarios en la Red, pueden enmascarar, en general, los procesos controlados y planificados de selección de la información y de la elección de la “oportunidad” de su difusión.  Así mismo, el desarrollo de la tecnología de las imágenes de síntesis y recreación virtual, pueden plantear nuevos interrogantes, sobre la manipulación de la opinión y la consagración de la no transparencia sobre la base de la descontextualización de la información.

Aún más utópico, el discurso de la Sociedad de la Información que predice una sociedad de autonomía, de interactividad y de convivencia. Si la interactividad técnica es un hecho indiscutible, por sí sola, no induce a la interactividad social, y, menos aún,  a la autonomía individual o la convivencia colectiva. Si consideramos la posibilidad remota, pero latente, de un cierto totalitarismo comunicacional articulado por el juego conjunto de las dinámicas tecnológicas y la atomización del cuerpo social en individuos serializados, emplazados en la búsqueda de satisfacciones individuales en los bienes y servicios informacionales.

Además, la utopía de actores más autónomos, de relaciones sociales más igualitarias y de relaciones de convivencia no ha impedido el desarrollo en la Red de verdaderos puestos de control al estilo “Gran Hermano” a través de la recogida de información individual y filtrado de ésta. Tampoco la Red, por si sola, impide una nueva ola de exclusión debido a las brechas digitales  y de un analfabetismo tecnológico, de la misma forma que tampoco no impide la constitución de ficheros que pueden poner en peligro las libertades individuales y colectivas.

La cuarta promesa del discurso de la Sociedad de la Información no es menos utópica cuando ella enlaza la profecía de la aldea global y la circulación libre e independiente de los mensajes y de las imágenes. Una profecía de este tipo debe resituarse en la problemática crítica bajo el prisma de las relaciones de desigualdad que caracterizan las relaciones internacionales en el ámbito de la retención de las fuentes informacionales. Nos referimos al control estratégico de los satélites y las redes de comunicaciones y de detección militares, el control de los backbones de interconexión de Internet por un oligopolio de operadoras de telecomunicaciones, la concentración del patrimonio informacional en unas pocas bases de datos, los procesos multiformes de almacenamiento y explotación de estas informaciones. Y no menos utópica la promesa de la vinculación de sociedades, estados, individuos y empresas en una nueva dimensión del tiempo. Si la Red establece el tiempo de la velocidad y de la instantaneidad, también establece un nuevo tipo de desigualdad entre los “info-ricos” y los “info-pobres”.

El discurso de la Sociedad de la Información tal como se está canalizando desde los gobiernos, el megasector de las industrias de la información y las comunicaciones o los organismos internacionales como el G8, la OCDE, entre otros, y reproducido por las principales elites políticas e intelectuales de los principales países del mundo en los últimos años, tiende a ser federativo y movilizador para crear las bases materiales -las autopistas de la información- mediante las desreglamentaciones, la liberalización y la privatización en determinados países.  Este discurso se debe contextualizar en el modelo de sociedad dominante en el siglo XXI, como indicaba Heilbrone, lo más probable es que el capitalismo sea la forma principal de organización socioeconómica a lo largo del siglo XXI, por lo menos en lo que hace referencia a las naciones desarrolladas. Pero, siguiendo con Heilbrone, parece plausible que todos los capitalismos imaginables del futuro, desde los más ultraliberales hasta los más sociales, desplegarán las tres características que han establecido el orden social en la historia: una amplia confianza en los mercados como mecanismo que guía la actividad económica privada; la presencia en la sociedad de dos ámbitos distintos, uno reservado a las funciones gubernamentales y el otro para la actividad económica privada; y como combustible global, una dependencia de la expansión de los capitales globales.

El discurso de la Sociedad de la Información, tal como está planteado, no incluye las medidas concretas -de tipo social, económico, cultural y político- que permitan realizar la utopía de aprovechar el potencial de la Red para el desarrollo integral de los individuos en la aldea global y evitar las grandes brechas que se están manifestando en estos momentos.  La brecha tecnológica actual, con tendencia a extenderse, entre los países que concentran la mayor parte de las empresas del megasector de las industrias de la información y las comunicaciones, es decir, la brecha entre los países desarrollados y el resto del mundo, y la brecha tecno-económica que cada vez se acentúa más, entre los que disponen de accesibilidad a la Red y a sus recursos y los que no tendrán esas facilidades.

Es un hecho, hoy en día, en la era de la información y de la globalización, que la lógica del capital solo funciona para la una cuarta parte de los habitantes del planeta. También, podemos observar una acentuación de la ruptura ético-moral de un modelo colectivo de sociedad fundamentado en el bienestar social basado en la corresponsabilidad entre los ciudadanos y su gestión por el Estado, y su sustitución por un modelo individual de busca del bienestar social. Sin olvidar, una cierta crisis de civilización que corre el peligro de institucionalizarse por el avance del pensamiento único y de la cultura única, con los consiguientes desgarros y conflictos y con el peligro, adicional, de que si ese “pensamiento único” se lleva a sus extremos, se pueda producir una perdida de la comunicación intercultural.