La crisis en la que estamos inmersos está evidenciando la descomposición económica, social, política y cultural del “orden sólido” que se fue asentando en la era industrial del siglo XX.
Hoy, en los inicios de la segunda década del siglo XXI, podemos observar que se ha consolidado el desplazamiento de la producción industrial desde el mundo occidental al oriental, desde el norte al sur, y los flujos financieros se han globalizado, porque ya no conocen fronteras ni patrias, moviéndose con velocidades de vértigo a través del mundo.
En nuestro contexto socio-económico, el efecto más inmediato lo podemos observar en la crisis del empleo cuasi-asegurado durante toda la vida laboral de una persona, porque muchas de sus estructuras económicas están tocadas de muerte y, por tanto, el sosiego del futuro garantizado por las coberturas sociales también está en crisis. Además, las estructuras políticas, asentadas en organizaciones de la era industrial, están mostrando un alto grado de incapacidad para abordar los nuevos retos del mundo. La política se ha vuelto reactiva, localista, cortoplacista, raquítica en su visión-misión y, en cierta medida, defensora de sus propios intereses como casta.
Superar la crisis implica grandes transformaciones económicas y sociales, empezando por el sistema productivo y la adaptación de las personas a nuevas formas de trabajar, a nuevos sistemas de agrupamiento y a nuevas formas de participación política. No será fácil y será lento, por el momento nos encontramos con un sistema inestable y en descomposición, donde las personas fluctúan en una especie de colector donde el darwinismo socio-económico se va imponiendo. Algunas personas se mantienen integradas y adaptadas al sistema y otras, cada vez más, abocadas al paro y a la marginalidad crónica –los desechos del cambio- o a la constante incertidumbre de los trabajos eventuales y esporádicos.
Un escenario que nos recuerda a lo que ocurrió cuando, en la era feudal y de los gremios, desapareció el mundo de los artesanos y el mundo de los campesinos y estos convergieron como aluvión en los centros fabriles dando lugar a la era industrial. Una transición llena de sangre, sudor y lágrimas si nos atenemos a las crónicas de los historiadores.
Es posible que en la transición de la era industrial a la era de la sociedad de la información y el conocimiento tenga menos impacto en las vidas de las personas que en la anterior transición. Una visión optimista porque, como humanidad, algo habremos aprendido de la historia y un cierto pensamiento positivo se va imponiendo en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Y, como bien afirma Alain Touraine, la verdadera revolución pasa por apostar por la inversión en el conocimiento, un aspecto en el que Europa está muy retrasada con respecto a los Estados Unidos.
Mis felicitaciones por el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades a dos de mis referentes: Bauman y Touraine, dos intelectuales octogenarios con miradas creativas, críticas y, posiblemente, los que elaboraron, hace años, el diagnostico más acertado sobre los grandes cambios sociales, económicos y culturales que estamos viviendo en estos momentos.
Continuará…..
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@antoniogalindog @MyKLogica mientras dialogaba con vosotros redactaba esta entrada: http://bit.ly/aLT2NG
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Interesante e inquietante: Transformación. Diagnóstico y retos de la crisis http://bit.ly/aLT2NG by @JoseLopezPonce
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Muy bueno RT @antoniogalindog Interesante..: Transformación. Diagnóstico y retos de la crisis http://bit.ly/aLT2NG by @JoseLopezPonce
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Sí! RT @Odilas: Muy bueno RT @antoniogalindog Transformación. Diagnóstico y retos de la crisis http://bit.ly/aLT2NG by @JoseLopezPonce
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Interesante y cierto RT @JoseLopezPonce @antoniogalindog … mientras dialogaba con vosotros redactaba esta entrada: http://bit.ly/aLT2NG
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Transformación. Diagnóstico y retos de la crisis http://bit.ly/aLT2NG vía @JoseLopezPonce
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Twitter: lcluengo
dice:
Me atrevo a añadir una matización: no estamos evaluando la actitud que demuestran los potenciales empleadores ante la experiencia acumulada. Me explico: en este país casi nadie valora la experiencia. Una exclusión temporal del mercado de trabajo implica empezar de cero, por lo que frente al “trabajo para toda la vida” se ofrece un eterno comienzo. Mientras dure esta actitud, ¿para qué formarse continuamente? ¿quién corre riesgos si siempre se penaliza, sin matices, el fracaso?. Quizás se debería imponer una formación obligatoria sobre cómo valorar la vida profesional de los otros….
Luis,
En mi opinión: considerándo que la estructura de nuestra economía está articulada, salvo algunas excepciones, en la “mano de obra” y sus costes y no en el conocimiento, la experiencia no es un valor que tenga en cuenta la mayoría de los empleadores. Por otro lado, la economía del siglo XXI va a requerir la formación permanente de las personas para adaptarse a los constantes cambios en los que se verá sometido profesionalmente en muchos sectores… no será el eterno comienzo pero casí, se acabó aquello de aprender un oficio para toda vida.