Transformación. El sindicalismo en el siglo XXI

La actual huelga del metro de Madrid está evidenciando, una vez más, la crisis del sindicalismo y sus acciones en las sociedades desarrolladas del siglo XXI.

Durante la era industrial y desde la 1ª Revolución Industrial, el sindicalismo y sus organizaciones han jugado un papel transcendental en la mejora de las condiciones de vida y laborales de los trabajadores, recorriendo un camino repleto de sudor, sangre y lágrimas contra las organizaciones patronales y el Estado que, en la mayoría de los casos, asumía la función del brazo represor directo de los intereses de la patronal. Aún más, en nuestro país, durante el Franquismo, el movimiento obrero clandestino fue la punta de lanza de la lucha por los derechos civiles y democráticos además de las propias reivindicaciones laborales.

Hoy el escenario ha cambiado radicalmente y no es mi propósito demonizar a las organizaciones sindicales, pero si reflexionar sobre su papel en nuestro entorno social y económico en el siglo XXI, partiendo de la premisa de que la transformación de los sindicatos no implica que los trabajadores, con independencia de su situación, tengan que renunciar a las estructuras organizativas para la defensa de sus derechos.

En un rápido apunte, el sindicalismo como los partidos de izquierda, nacidos en un escenario ideológico basado en la lucha de clases, hoy en día tienen esclerosis, cada cual a su manera, y ya no son capaces de afrontar los grandes desafíos del presente siglo.  El movimiento sindical dominante se enfrenta a tres grandes problemas:

La representatividad: Hoy en día la representatividad de las organizaciones sindicales se reduce –por afiliación- a los denominados insiders, es decir, trabajadores con contratos permanentes en empresas de más de 200 empleados –el 0,8% de las empresas con más de 3 asalariados- y, sobre todo, funcionarios y empleados públicos.  No representan a la mayoría de los trabajadores de las PYMES -el tejido empresarial dominante-, ni a los contratados temporales, ni a los parados y ni a los jubilados, es decir, los denominados outsiders.

La institucionalización: Puede sonar fuerte, pero en cierta medida las principales organizaciones sindicales han heredado el espíritu, la organización y la dependencia del Estado del sindicalismo vertical implantado durante la dictadura franquista. Con una férrea organización jerarquizada y burocratizada, dependiente de las subvenciones del Estado y con una legión de delegados blindados en sus puestos de trabajo y liberados total o parcialmente con un coste directo para las empresas, se han institucionalizados, imponiendo los convenios colectivos que afectan al 90% de los asalariados aunque únicamente el 10- 15% están sindicados, impidiendo, en la mayoría de los casos, cualquier modelo de relación-negociación entre los trabajadores y una empresa concreta en el nuevo contexto de una economía cada vez más globalizada y competitiva.

La herramienta de presión: La herramienta de presión tradicional de los obreros ha sido la huelga, como recurso final que asiste a los trabajadores para defender sus derechos cuando ha fracasado las conversaciones de conciliación en todo entendimiento con los empresarios. Históricamente la huelga estuvo prohibida y severamente penada durante los dos primeros siglos de la era industrial y no fue hasta comienzos del siglo XX  cuando el derecho de huelga empezó a ser reconocido internacionalmente como un derecho esencial de los trabajadores.  El problema es que hoy en día y en nuestro país, por la representatividad, el núcleo duro del sindicalismo radica en el sector de los servicios públicos, dándose la paradoja de que este sector es el que presta los servicios básicos –transporte, salud, educación, etc.- de la mayoría de la población asalariada y cualquier huelga en este sector perjudica directamente a dicha población. Por mucha retórica que empleen los dirigentes sindicales, el primer afectado directamente e indirectamente es la mayoría de los trabajadores en acciones como la que está viviendo el metro de Madrid.

El modelo sindical actual es autárquico y su única acción se basa en una defensa numantina de los insiders, en una realidad socio-económica que se les va imponiendo en todos sus frentes. Por tanto, el sindicalismo del siglo XXI requiere, en mi opinión, una gran transformación con nuevas formas organizativas y reivindicativas menos jerarquizadas y que permitan extender una amplia red de afiliación y participación de los diferentes colectivos, desde los insiders hasta los outsiders; con una mayor independencia económica de subvenciones directas o indirectas del Estado y empresas; con nuevas herramientas de presión mucho más imaginativas y creativas limitando los efectos sobre la población, sobre todo en el sector de los servicios públicos; e incorporando nuevas reivindicaciones acorde con las nuevas demandas sociales de nuevo tipo que van desde las relacionadas con el medioambiente, la calidad de la vida, el sistema de relaciones humanas o la condición humana en las ciudades que no son atendidas, hasta todos los aspectos relativos a las relaciones laborales en una economía del conocimiento donde la innovación tecnología debe ir acompañada simétricamente de derechos sociales.

5 pensamientos en “Transformación. El sindicalismo en el siglo XXI

  1. Javier

    Espero que algún representante de sindicato lea este post.
    El modelo actual ha quedado caduco. Escuchando a los representantes sindicales de los trabajadores del Metro de Madrid, parecen esclavos fustigados por su señor dispuestos a revelarse empuñando las armas y, lo peor, caiga quien caiga.

    Un saludo

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  2. Josegll

    Está muy bien. Me parece muy acertado tu diagnóstico, sobre todo porque no se hace desde la descalificación previa.
    De todos modos hay que tener en cuenta que estos “males” afectan casi por igual en nuestro país a buena parte de las organizaciones de carácter sociopolítico: rémoras del pasado, apalancamientos, indiosincrasia; también que como alguna vez ha dicho algún personaje de El Roto, a quien tanto quieres merecidamente, sigue habiendo arriba y abajo, aunque se diluya lo de izquierdas y derechas. Por último, por qué no nos ocupamos con igual atención de las debilidades de las organizaciones empresariales: su estructura de financiación es similar sino la misma que la de los sindicatos, su institucionalización idéntica y sus herramientas… bueno.
    En este sentido, me ha gustado la opinión de Manuel Cruz hoy en El País “por favor, no se me confundan de enemigo”.
    Pues, eso.

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  3. JoseLopezPonce Autor

    @Javier
    Javier, gracias por tu comentario, cierto, es un modelo caduco y muy corporativista, ayer tuve la ocasión de ver la retransmisión de la asamblea de los trabajadores del metro y, sinceramente, no pude soportar el discurso demagógico y oportunista de sus dirigentes…

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  4. JoseLopezPonce Autor

    @Josegll
    José, es cierto que sigue habiendo arriba y abajo, no lo debemos olvidar y, como si fuese una constante histórica, los débiles son los que acaban pagando los excesos de los fuertes. Botón de muestra: la crisis actual. El problema es que los movimientos sociales están muy debilitados por sus propias contradicciones y esa debilidad facilita que el “sistema” vaya imponiendo sus reglas sin grandes dificultades con un objetivo concreto: la privatización de los servicios públicos –los servicios del Estado del Bienestar- o, mejor dicho, entregar a los mercados financieros dichos servicios. Me da la impresión que Esperanza Aguirre va a tener más fácil la privatización del transporte público con la opinión pública a su favor.

    En la serie de entradas sobre Transformación que estoy escribiendo, las organizaciones empresariales –segunda pata del antiguo sindicato vertical- merecerán mi opinión.
    Saludos

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